Categoría: CURIOSIDADES


posibles formas del universo
El universo, al principio, hizo algo así como un BLOOOOOOOOOMMMMM, y un chorro de algo empezó a salir de un punto minúsculo hacia ninguna parte. Ninguna parte era todo aquello que no estaba dentro del punto y que, técnicamente, no existía. Junto con ese chorro de algo altamente energético, iba también el espacio y el tiempo, todo mezclado. Tuvo que ser algo increíble haberlo visto, pero no había ningún lugar desde donde contemplarlo, ya que todo lugar existente estaba dentro de ese cada vez más grande BLOOOOOOOOOMMMMM que se iba hinchandpo. Imaginad que una olla a presión del tamaño de la bolita de la punta del lápiz estalla en vuestra cocina, y que en menos de una cienmillonésima, toda la cocina está llena de algo muy parecido a la materia, increíblemente denso y caliente, y que crece a ritmo desmesurado. Tal es su crecimiento inicial que, catorce mil millones de años después, la olla sigue con bastante presión interna, y la materia sigue viajando de un lado para otro de la velocidad inicial. Sin duda, fue un momento perfecto para que no hubiese nadie cerca y, por lo que sabemos, no había niños. Supongo que es algo que agradecer al universo. Tras unos cuantos segundos de hipervelocidad a chorro, el universo ya tenía cosas chulísimas como átomos y dimensiones. La verdad es que el universo, así, molaba bastante. Poco después, todo empezó a ir a peor. En menos de catorce mil millones de años un trozo de piedra enorme que orbitaba una estrella pequeña cogió parásitos. Tú lo conoces como vida, pero lo cierto es que la vida, desde el espacio, es algo comparable a esos bichitos odiosos que se comen el brillo de tus dientes si no te los lavas. Por suerte, nadie nos lavó, y durante mogollón de tiempo estuvimos reproduciéndonos, comiendo y formando otras cosas chulas, como la atmósfera rica en oxígeno. Y, claro, ya no había excusa para ser microscópico ni para dejar el agua. Salimos a la superficie, al principio en forma de plantitas y árboles, pero luego lo hicimos como algo similar a los insectos, como lagartijas, luego lagartijas más grandes, posteriormente como ratoncitos, ratoncitos del tamaño de un porche y, finalmente, un mono bastante listo que solía pegarse con sus compañeros. (Y ahí seguimos)

Después del BigBang todo empezó a ir a peor


Cadena final 1
Arriba, hacia delante y hacia la derecha. O en cualquiera de los otros tres sentidos de las tres dimensiones. Pero no hacia antes, ni hacia después a más velocidad de la que vamos. Menuda tragedia como seres conscientes el ser empujados junto con toda la materia del universo hacia delante en lo que percibimos como tiempo: una pared de sucesos pasados que empujan acciones a punto de ocurrir, la mayoría de las cuales no podemos contener. Como los protagonistas de La habitación de Fermat, nos encontramos, al nacer, atrapados en un pequeño reducto de espacio que se cierra sobre nosotros. Pero es un espacio construído por tiempo que ya ha pasado, y las prensas hidráulicas que empujan nuestras paredes de reloj son el tejido del universo, que nos catapulta sin remedio a la entropía, al cambio y a ser aplastados a la vejez con cada tic. Podemos elegir cualquier dirección que deseemos. Y, si nos lo proponemos lo suficiente, movernos hacia allí. Pero nunca en dirección a ayer, a hace unas semanas, a dentro de diez años. Un muro invisible de realidad te empuja, a cada fracción de segundo, hacia la siguiente fracción de segundo, sin siquiera dejarnos atisbar el pasado o el futuro. El pasado no puede verse como vemos hacia delante o hacia atrás girando la cabeza. Solo aparece guardado débilmente en nuestros no demasiado fiables cerebros. Y sobre el futuro poco se puede decir, salvo que ocurrirá, si es que llega a ocurrir en algún momento. Solo disponemos de los datos que, en cada momento, nos garantizan nuestros limitados ojos biológicos sobre una realidad que, con toda probabilidad, no es como la percibimos. una realidad que tiene las mismas garantías de existencia que la que se imagina un dibujo en el margen de una hoja. Quién sabe si estamos siendo dibujados de algún modo, pensados o computados. Por lo que sabemos, todo esto podría colapsar en el próximo segundo, apagándose, dejando de existir, o dejando de ser como es. La nueva visión sobre la realidad de la materia nos ha enseñado que, aunque con probabilidades que harían dudar de la apuesta, podría aparecer ahora mismo entre tus ojos y la pantalla un enorme elefante de color violeta perfectamente formado que te mire, sonría y te de los buenos días. Por supuesto la probabilidad es mínima, pero no nula. Y estamos todos atrapados en un enorme cajón que no entendemos, lleno hasta arriba de objetos que no podemos ver, siendo catapultados hacia el futuro sin remedio, sin retorno y sin posibilidad de pausa. Y tú preocupado por pequeñeces. Toca sonreír, porque no debe de ser una preocupación demasiado grande si ni siquiera puede afectar al planeta más cercano. Y seguro que tiene solución. Buenos días a todos (como opción).

El tiempo no es una elección



La pregunta correcta - Fuente: Cachivaches
Soy fan de Ilustres ignorantes, un programa de 24 minutos que, reconozco, veo por Youtube en vez de por la tele. Pero es totalmente justificable: no tengo ni remota idea de cómo ver el canal deseado en la tele de mi casa, ¡hay que usar dos mandos a distancia encriptados! El caso es que viendo uno de esos programas preguntaron quién fue el primer ser humano que habló, pero Javier Cansado, en su infinita sabiduría, reformuló la pregunta: “No hostia, hablar no tiene ningún tipo de mérito. Lo jodido es saber responder a la pregunta. ¿Quién fue el primer tipo que contestó? El genio es ese.”. Y tiene toda la razón. Comunicarse se comunican hasta los pingüinos, pero a ver quién es el listo que los entiende y les responde. Joder, si no hay por dónde cogerlo. El tipo listo era le que le dijo “Por allí, la calle que estás preguntando está en esa dirección.”. Se suele preguntar siempre por el primero que hizo algo, pero a veces el primero que hace algo no tiene ningún tipo de mérito. Por ejemplo el que acuñó la primera moneda, si no se hizo rico, lo hizo fatal. O el que descubrió algo sin patentarlo. O el que se tiró por primera vez desde veinte metros de altura, descubriendo (por el cerebro de uno que miraba) que uno al llegar al suelo va y se mata. Y es que a veces hacemos las preguntas equivocadas en busca de la respuesta cuerda. Si pones en Google “Quién fue el primero que…” aparecen resultados como: utilizar la palabra filosofía dar la vuelta al mundo proponer una hipótesis sobre el origen de la vida pisar la luna/llegar a la Luna Pero el primero que usó la palabra “filosofía” fue un español casi seguro. Si no a cuénto de qué iba a escribir “filosofía” en vez de “φιλοσοφία”. Y, además, el personaje importante fue el que hizo que la palabra se difundiese (y probablemente del que sepamos). El primero en dar la vuelta al mundo fue un tipo llamado Juan Sebastián Elcano, del que hay mucho escrito en muchos lugares diferentes, pero aquí el listo fue el que usó sus mapas para sacarles rendimiento económico y calidad de vida. Y ya del de la Luna ni te cuento, ¿qué más da que fuese o no pisada por alguien si hubo un tipo que la vendió?

¿Quién fue la primera persona que contestó?


Staedtler
Siempre me ha hecho mucha gracia eso de no poder llevar una navaja en el bolsillo (ni en ninguna parte) cuando sales de tu casa, como si eso fuese a hacer de barrera para aquellos que desean herir a otra persona. Va en serio, pasado una determinada longitud en el filo de la hoja (en la que un cuchillo de cocina ya se pasa de esa medida) no puedes llevarlo encima, y te pueden poner una multa por ello. “¿Y lo de la gracia?”, os estaréis preguntando en caso de haber prestado atención al primer párrafo. La gracia está en lo absurdo de la prohibición. Imaginaos por un momento que prohíben el alcohol. La prohibición tendría cierta lógica siempre y cuando el alcohol no surgiese a chorros de las fuentes, en cuyo caso decirle a la gente que no lo beba sería prácticamente absurdo. Y ese es el caso de la ley que te prohíbe llevar una navaja o un cuchillo. Una navaja es una herramienta increíblemente útil para: Pelar cables, prepararte un bocadillo, abrir un sobre, usarla como cuchillo, clavársela a alguien. Por supuesto hay una infinidad más de usos, y clavársela a alguien, en esa infinidad, pierde la prioridad que parece tener. Cuando a la gente le hablas de una navaja o un cuchillo piensa mal, piensa en apuñalar o en usarla como arma cuando en realidad se trata de una herramienta muy útil para el día a día. En más de una ocasión me hubiese gustado llevar alguna y evitar cortar una cuerda o hilo con los dientes (seguro que a ti también te ha pasado). Siguiendo con la comparación con la fuente de alcohol (que por cierto es una idea que dejo ahí) imaginaos que de verdad queréis apuñalar a alguien. ¿Llevaríais una navaja en el bolsillo? Yo, desde luego, no. ¿Para que me pillen con una navaja? Paso. En vez de eso llevaría un lapicero normal y corriente. Uno de esos que se usaban en el colegio para sombrear en dibujo. Uno de estos lapiceros puede medir unos 15 cm de largo, con lo que hay espacio de sobra para introducirlo en la caja torácica de cualquiera. Sí, un lapicero o un bolígrafo tipo puede entrar casi sin problema entre dos costillas, y ya no hablemos de las vísceras no protegidas por ellas. Además se pueden hacer pequeñas muescas en la madera para crear bolsas de oxígeno que hagan al corazón hacer plof al poco de clavarlo. No, tranquilos, no voy a apuñalar a nadie, pero me resulta graciosa la idea de que se persiguen una serie de objetos en vez de otros (quizá mucho más peligrosos) como material escolar. A mi, a lo largo de mis días en el colegio, se me han podido romper fácilmente diez reglas de dibujo. Y cualquiera de ellas ha acabado con cantos afiladísimos. Eso por no hablar del compás, con su pincho, de las tijeras o del tipex. El tipex explota si le echas fuego (me lo ha […]

La amenaza del lapicero



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Si alguien se cuestiona que una frase pueda estar o no tuerta, este es su artículo, y os voy a demostrar que existen frases tuertas, e incluso feas y cojas.  Creo que me salió ayer (anteayer para los lectores) la pregunta más rara que he llegado yo a decir en algún momento, y ha sido “¿Cuándo es hoy?”. Evidentemente hacía referencia a un desconocimiento sincero y profundo del momento de tiempo en el que me encontraba, y creo que durante unos segundos hubiese dudado si me llegan a responder un año diferente al que estaba, esa era mi desconcertante situación temporal. Porque hay preguntas catalogadas como normales, como pueden ser: “Disculpe, señorita, ¿qué calle es esta?”. Y entonces la gente se muestra participativa, cordial, te ayudan, te indican. Y, si pueden, te enseñan un mapa. Pero si cometes el error de perderte en el tiempo en vez de en el espacio y preguntar “Perdone, señorita, ¿sabe cuándo me encuentro?”, la gente se asusta, te mira raro e incluso huye. Como si fuese más defendible el no saber dónde estás frente al cuándo estás, algo que tiene muchísima más importancia en mi opinión: si te has perdido en París haces unas fotos y te vuelves, pero si te has perdido dentro de cien años a ver quién es el que te trae de vuelta. Y es que si preguntas dónde estás la cordialidad te sustenta (aun a pesar de que dando vueltas acabarás por encontrar un punto de referencia). Pero la gente no medita que no saber cuándo te encuentras es un síntoma de un caso muchísimo peor. ¡Joder, se ha podido dar un golpe en la cabeza o algo y estarse muriendo! ¡Llévale a un hospital o algo! No, si preguntas “¿Cuándo es hoy?” obtendrás una respuesta de reproche ante tal barbaridad. Al parecer todo el mundo es consciente de cuándo está pasando lo que está pasando. Eso me llevó (lo de la pregunta) en el tiempo a hace algunos años (de 2 a 3, como los juguetes infantiles), cuando logré, en un alarde de multiplexación fantabulosa, unir dos frases que no tenían ningún tipo de sentido juntas, en contestación a dos preguntas que se me hicieron en paralelo. A mi cuando me hacen preguntas en paralelo me pueden pasar dos consecuencias excluyentes: Me quedo bloqueado. Contesto a ambas, a la vez. Es raro, pero ocurre. Y fue la opción que tomé por aquél entonces. Pongamos que me preguntaron (porque en realidad me he olvidado de lo que iban las conversaciones) estas dos preguntas, contestadas debajo de ellas con la respuesta óptima: Marcos, ¿a qué hora de mañana puedes pasarte por Albacete? Estaré sobre las diez y media. y Marcos, lo de Yoigo me tienes que decir cómo va. Si te parece bien en cuanto termine esto. Pero haciendo ostentación de un cerebro defectuoso y una encantadora tartamudez conseguí llegar a decir algo así como “Si te parece estaré bien sobre las en cuanto diez y termine esto media”. Imaginadme dirigiéndome tanto verbalmente como […]

La frase tuerta: ¿Cuándo es hoy?


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Hay en la vida muchísimos interrogantes: ¿Hay vida tras la muerte?, ¿Existe algún dios?, ¿Los alienígenas existen?. Pero por encima (muy por encima) de estos interrogantes está uno que, hasta el día de hoy y desde hace ocho años, no he podido analizar de un modo racional sin darme contra una pared lógica que me indica que lo que la realidad me muestra no puede ser verdad. Me refiero a la Coca-Cola belga. Coca-Cola es una empresa, hasta aquí todos estaréis de acuerdo conmigo. Sobre si es una empresa malvada o benévola cada uno tendremos nuestra opinión en función de en qué país estemos o lo cercanos que estén los puestos laborales que dependen de la compañía. Pero algo que podemos garantizar seguro es que la empresa busca el beneficio propio, al igual que los bares donde se distribuye. Aquí aparece un segundo factor, el bar, y el dilema que nos planteó a mis compañeros de universidad y a mi durante nuestros extensos estudios. Junto a la universidad había un par de bares destinados a los universitarios: comida barata y de calidad dudosa preparada a la carrera para gente sin ocupación ni prisas. Esos éramos nosotros, los estudiantes, y nos sentábamos en el césped (cuando hacía bueno) con nuestros bocatas del tamaño de una barra de pan, huevos fritos y carne picada. Quizá los mejores bocatas que he comido en mi vida. El dilema, y nervio central de nuestras conversaciones, era la bebida. ¡Las latas de Coca-Cola venían de Bélgica! Bélgica, para los poco viajeros, es una país que se encuentra a catorce horas y media en coche y dos horas y media en avión más que la fábrica de Coca-Cola situada por aquél entonces en Fuenlabrada (a menos de diez minutos de mi universidad). Por muy variada que pudiese ser la ruta desde Bélgica era evidente que costaba muchísimo más desde un país situado a 1500 km que desde una ciudad a menos de 10 km. Además embotellar Coca-Cola en Bélgica es enormemente más caro que en España. En datos del año pasado la Renta per Cápita belga era de 34.500 euros frente a los 22.300 euros españoles. Eso es un 50% más caro solo en personal directo, a lo que hay que añadir todos los negocios secundarios de los que dependa la planta allí. Y, aun así, debía salir más barato traerla de fuera que hacerla aquí. Esto, viniendo de un país relativamente cercano y en el que la mano de obra estuviese prácticamente esclavizada tiene sentido, pero arrastrar las latas embotelladas un 50% más caras unos 1.500 km carecía completamente de sentido, al menos para nosotros. Todavía sigue siendo un misterio que aquél bar trajese la bebida de tan lejos, y no se trataba de bebida caducada ni nada por el estilo, sino las mismas latas que Coca-Cola embotellaba en otros países, porque tras el éxito de los botes belgas vinieron los alemanes, franceses, ingleses, polacos y checos. Un misterio sin resolver que supera al de los OVNIS. Al menos […]

La confusión de la Coca-Cola belga



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Un back-up no es más que una copia de respaldo de cierta información con objeto de no perder su contenido. La hacemos constantemente a nivel inconsciente cuando dormimos, en el ordenador, apuntando en una libreta, escribiendo un libro. El back-up trae al presente información, conocimiento o sabiduría del pasado para usarla hoy. Es por tanto bastante lógico que si en algún momento pudiésemos almacenar la mente de alguien en un dispositivo electrónico, lo hiciésemos con objeto de preservar la experiencia del sujeto para más tarde. Estoy convencido que alguna película de ciencia ficción en esa línea habrá. De ese modo podríamos (si conseguimos realizar el proceso inverso) acortar el proceso de estudio de una carrera en lo que se tarde en implantar esa memoria. Con los posibles problemas que suponga las emociones que arrastre. Pero, ¿tiene la memoria emociones? Pues es algo que los científicos aún no saben. Existen dos posibles ubicaciones para la memoria tal y como la conocemos. Una es una deformación física existente antes de guardar los recuerdos a nivel electroquímico, es decir, que la información se graba sobre un conjunto de neuronas en una posición determinada, y si se mueve esa ordenación, se pierde o modifica la información. Otra posible explicación es que la memoria sea puramente electricidad. Se sabe que el cerebro nunca llega a apagarse, y que si lo hace durante un tiempo se pierde alguna información. Y por último está una opción mixta. Y ya está, esas son las posibles ubicaciones de tu yo interior, no hay más. Ahora imaginad que la tecnología de transvase es posible. Que podemos meter la memoria de un tipo en la mente de otro. En ese caso es posible que algunos de los sentimientos (codificados en base a recuerdos) se pase también. Eso imposibilitaría que alguien enamorado pudiese donar sus recuerdos, o alguien deprimido. Tampoco podría hacerlo un asesino, o alguien con impulsos asesinos. En este último caso, el del asesino, es quizá el más preocupante. Porque tener a una tanda de 1.000 médicos de primera enamorados de la misma persona puede llegar a ser violento. Y la misma cantidad de depresivos por los pasillos una combinación muy poco recomendable. Pero tener una hornada entera de gente muy cualificada esperando poder asesinar a alguien puede llegar a resultar un problema realmente grave para la sociedad. Imaginad, sin ir más lejos, la población de Madrid, con tres millones de habitantes. Si durante unos cuantos años se usasen los mismos moldes mentales y estos estuviesen defectuosos estaríamos sometidos a tratamiento por cientos de lunáticos. (Eso no quita que sea una situación divertida, que también) La verdadera pregunta es: ¿La necesidad de asesinar se almacena en un espacio físico como una formación orgánica o como un conjunto de memorias? Y tú, ¿qué experimento diseñarías para saber la diferencia?

El back-up del asesino


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Durante años nos han hecho pensar que los ordenadores eran digitales, así como cualquier circuito integrado y tu reloj digital. Por el contrario el resto de actividades humanas eran analógicas, como lanzar una pelota, levantar la mano, tirarse un pedo o el reloj analógico. Y es todo mentira. Los sistemas analógicos no existen, señoras y señores. Si existiesen, la piedra nunca dará en el árbol. No, no me he vuelto loco, estoy haciendo referencia a una de las paradojas que planteó un tipo llamado Zenón hace ya 2500 años. El tipo en cuestión analizaba el movimiento, el tiempo y el espacio, y yo usaré su ejemplo para demostrar que eres tan digital como tu ordenador. En el ejemplo, alguien lanzaba una piedra contra un otro alguien. Imaginad que el segundo alguien, acojonado, está a 10 metros (si lo estáis leyendo en Inglaterra y no lo entendéis la culpa es vuestra, avanzad de una vez). La piedra tendrá que pasar por todos y cada uno de los puntos intermedios entre el lanzador y el golpeado, ¿verdad? De modo que pasará por las medidas: 0,00000000000000001 m 0,000000000000000011 m 0,0000000000000000111 m 0,00000000000000001111 m … Y así hasta el infinito, sin llegar nunca al 0,00000000000000002 m, si el espacio fuese infinitamente divisible. Pero ocurre que cuando le lanzas una piedra a alguien (puedes probar con cualquier persona, el resultado es el mismo) que este grita, se enfurece y avanza hacia ti con objeto de que le des una explicación a cambio de que él te de una paliza. Es decir, que en algún punto del espacio se dejan de añadir decimales al movimiento, y la piedra avanza a la siguiente unidad métrica. Podemos verlo de otro modo. Imaginad una regla en la que estén marcados no solo los decímetros y los centímetros, sino las millonésimas de un nanómetro. Con una cámara increíblemente potente podríamos ver cómo la piedra salta de una millonésima de nanómetro en otra millonésima de nanómetro (saltándose las diezmillonésimas de nanómetro). Es decir, que aunque no lo percibamos así, tú te mueves por el espacio al igual que el famoso fontanero Mario lo hacía por la pantalla de tu GameBoy: a minúsculos trompicones. Y quién sabe si a golpe de ratón. De modo que lo siento mucho, la única diferencia con tu ordenador es que tú estás hecho de carbono y él de silicio; y que tu programa es mucho más complejo.

Tú también eres digital. Los decimales no son infinitos



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Hace unas semanas pude ver un reportaje sobre el espacio llamado “¿Estamos solos?” que tocaba de forma tangente esas grandes preguntas que se ha hecho la humanidad desde que miró hacia arriba y se puso a pensar. Aunque el reportaje en sí es bastante poco preciso y tiene pinta de casero las cuestiones que se tratan ahí son sin duda inquietantes. Una de las cuestiones a tratar era sobre el desarrollo de la vida en general. ¿Seguiremos siendo orgánicos en un futuro? Esto, que no será objeto de este artículo sino del que saldrá esta tarde aquí, tiene una consecuencia lógica innegable. Pero sobre el asunto sobre el que hablaré hoy aquí será sobre la humanidad como líder de un posible encuentro extraterrestre. Lo sé, Hollywood ha hecho un daño enorme a la figura de un posible alienígena, pero el universo es tan grande que negar el hecho de que pueda existir vida es un error seguro (que no es lo mismo que decir que es posible que no la haya). Toda persona con conocimientos básicos sobre la vida, el tiempo, la dimensión del universo y las partidas de dados sabe que en algún lugar del universo hay cientos de miles de millones de civilizaciones. No estoy hablando de un montón de proteínas en un charco, eso lo tendremos probablemente en las lunas de Júpiter, sino de seres perfectamente conscientes con deseos y pensamientos complejos. Pero ya te digo que no, no vas a verlos, ni van a venir a la Tierra para hacer dibujos en los sembrados. Es muy probable que estemos tan separados de la civilización más cercana que cualquiera de las dos morirá antes incluso de saber de la otra, tan vasto es el espacio. De manera que es muy posible que tras milenios de búsqueda por ahí fuera no encontremos absolutamente nada, y si lo encontramos es posible que sean restos. Las posibilidades de tener un verdadero encuentro alienígena según nuestra física moderna serían equivalentes a ganar la lotería todos y cada uno de los días de tu vida, y alguno de ellos sin haber comprado un cupón. Obviamente son vastísimos. Pero, ¿y si dentro de cien mil años hemos recorrido ya la mitad de nuestra galaxia con motores que hoy en día son imposibles? Recordemos que como civilización llevamos menos de 2000 años y ya hemos salido del planeta. ¿Qué ocurrirá entonces? La mayoría de los expertos deducen de nuestro pasado que una de dos: o los matamos o nos matan, pero que con la mentalidad humana es muy difícil un entendimiento pacífico. De hecho no ha ocurrido nunca que dos grupos de humanos que no se conocían acabasen como amigos la primera tarde de fiesta. Antes de tomar una copa juntos sus nietos sus abuelos se dieron de hostias hasta aniquilarse. Pero aun en el caso de que el encuentro resultase pacífico (cosa que dudo teniendo en cuenta que querremos todas sus posesiones), ¿qué ocurrirá entonces? ¿Podremos formar una alianza estable? ¿Seremos capaces de […]

La humanidad como líder


En ocasiones lo complicado es no dejar de hacer lo que haces y no quieres hacer. 2
Hace un tiempo escribí un artículo sobre cómo obtener ganas de hacer algo que no quieres hacer, cómo bypasear las ganas de no hacer algo o una enumeración de técnicas para activarte. Hoy os hablo de algo así como una secuela en cuanto a su desarrollo, porque alguien me preguntó: ¿Y cómo sigo haciendo ese algo? Dicen que tras 21 días realizando una actividad la hemos normalizado en nuestra conducta o calendario, y por ello hemos creado un hábito. Un hábito es eso que solemos hacer de manera natural y casi sin esfuerzo, como cuando miramos a alguien con la mano dentro del pantalón, rascándose profundamente según qué partes. Ese hombre lleva años practicando a diario para lograr la máxima satisfacción, y trabajará muchos más para conseguir la perfección. Os podéis reír, pero gran parte de las personas utiliza su tiempo en tareas del todo inútiles que no le reportan absolutamente nada, y están tan habituados a ellas que las hacen como si respirasen. Además las realizan de un modo orgánico, natural, sin despeinarse. Y, sobre todo, lo hacen sin esfuerzo. Porque si de algo trata este artículo es sobre no tener que esforzarnos. Con todo lo inquieto que soy yo tengo un problema enorme: me canso rápido de prácticamente todo. Así puedo estar un mes encima de la bici y dos sin verla. O puedo ver una serie en el período de una semana y luego estar seis meses sin ver absolutamente nada ni remótamente parecido. Soy una persona de atracones, pero de atracones fáciles. Si no me resultase fácil escribir no estaría aquí, escribiendo esto. Pero, ¿cómo consigo hacer todo eso que, en el fondo, no quiero hacer? ¿Y cómo consigo hacerlo sin mucho esfuerzo y que no constituya un mundo cada vez que me pongo? La solución es la repetición. Imagínate que para ti ir al gimnasio es un suplicio. Para mi el suplicio es hacer el macuto para ir, luego la ida, una vez allí y la vuelta me lo paso bien. Pero meter tres cosas en la mochila y andar buscándolas por la casa constituye un esfuerzo mucho mayor que pedalear dos horas. No quiero hacerlo, de modo que lo hago. Y lo hago tantas veces que al realizarlo el tiempo se acorta, y antes de darme cuenta ya estoy saliendo de mi casa. Ese es el truco: la repetitividad. Como he empezado, se tarda unos 21 días en conformar un hábito (aunque según el estudio hasta 66 días), pero, ¿y en perderlo? Porque todo el mundo sabe que si repites algo durante un tiempo acabas acostumbrándote. ¿Cuánto puedo esperarme entre algo que no quiero hacer y algo que no quiero hacer para no dejar de hacerlo aunque quiera dejar de hacerlo? Pues no se sabe. Hay estudios que dicen que entre dos y tres días, pero otros dicen que entre dos y tres semanas (algo menos creíble). Probablemente se trate de una cifra intermedia, quizá 5-7-9 días. Es por ello que os animo a […]

No más de tres días sin…



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He recibido una carta (email) de un lector que no entiende cómo puedo ver una película que no me gusta con tal de aprender algo. Hace referencia a un capítulo de mi libro en el que insto a la gente a leer y visualizar contenido no solo que sea de su agrado, sino de todo tipo, porque no se puede aprender algo nuevo haciendo lo mismo de siempre. Comentaba en su email que le faltaba fuerza de voluntad, que intentaba ver películas nuevas (para él nuevas implica todas las que son de este siglo) pero que nunca tenía ganas de nada al llegar del trabajo. Le remití a un vídeo del orador/motivador Emilio Duró, un tipo genial tanto en ese vídeo como conversando por correo, que da tres trucos para motivarse solo. Yo, por mi parte, prefiero un poco de ayuda externa como la suya, la de Sergio Fernandez o la de Luzu de LuzuVlog y su viral. Cada uno es como es, pero a Antonio L. (quien me envió el mail) parece haberle funcionado las técnicas de Emilio Duró, que son las que siguen: Echa los brazos hacia atrás. Nadie que eche los brazos hacia atrás puede estar de mal humor, triste o sin ganas. Antes de salir de tu casa echa los brazos hacia atrás. Yo, personalmente, agrego a este consejo genial el cogerse las manos e intentar llevarlas lo más arriba posible a modo de estiramiento. Los estiramientos son geniales. Salta. Si saltas estás motivado aunque no lo estuvieses previamente. Si saltas es imposible que no adquieras ganas de hacer algo. Es totalmente cierto: activas un sistema físico aletargado y amuermado y lo llenas de estímulos hormonales. Igual el cuerpo no tiene ni idea de por qué se está “poniendo alerta”, pero no importa. Úsalo en tu provecho. Cierra la mano en un gesto de victoria y cántate alguna consigna. Felicítate a ti mismo, apláudete mentalmente o verbalízalo. Convéncete a ti mismo de que va a ser genial, que aprenderás muchísimo, y que serás mejor una vez acabado. Eso sí, ten la película o libro ya preparados para visualizar o leer porque estas técnicas son para el momento. Pero también valen para dar una conferencia, ponerse a trabajar, entrenar físicamente,…todo aquello que suponga de algún modo un obstáculo. Si lo haces con una hora de diferencia mirarás el libro con un poco de asco, lo tocarás con un palo, entornarás la cabeza y pensarás “Ya si eso mañana.”

De dónde sacar las ganas de hacer algo


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Llegar a poner los pies sobre el planeta que inspiró en tantas culturas el dios de la guerra y la sangre ha sido una meta para la humanidad desde que alguien dijo “Oye, que es un planeta y te puedes subir encima”. Sobretodo de los tíos, claro. Pero no fue hasta la década de 1950 como un grupo enorme de tíos con bata dijo al mundo “Ojito, que en veinte años viviremos en Marte.”. Y claro, se equivocaron. Estarían borrachos por ir en manada. Y es que resulta que a la humanidad le encanta eso de poner fechas futuras de lo que ocurrirá. ya en el siglo XVIII alguien dijo “En dos años el coche eléctrico será usado en todas partes”. Fue un tipo llamado Robert Anderson, y entre los años 1932 y 1939 (entre no de “entremedias”, sino de “debió ser más o menos por ahí”) construyó el primer vehículo eléctrico puro. El problema por aquél entonces era la capacidad de la pila o batería, pero “en dos años se solucionará”. Y claro, no se solucionó. Tampoco se solucionó dos años después de la Exposición Mundial de 1867 en París, ni dos años después de 1913 (fecha en la que el primer automóvil eléctrico salió de fábrica). ¿Los problemas? Varios. Por un lado la tecnología aún en desarrollo que no daba ni velocidad ni duración. Y por otro los oligopolios de combustibles fósiles. Esto ha frenado el desarrollo del coche eléctrico, hasta ahora. ¡Por fin tenemos coches eléctricos! Sí, vale, más de la mitad de los puestos de recarga en Madrid (supongo que en otros lugares incluso peor) están rotos o sin mantenimiento, y comprarse un coche eléctrico en este estado de infraestructuras no es muy inteligente. Pero no os preocupéis, que en dos años está. Y en nueve años llegamos a Marte. Y nueve es un buen número teniendo en cuenta que llevamos unos setenta años estando a veinte años de ir. La propuesta de los nueve años viene de parte del Proyecto Mars One, que está trabajando para mandar a la primera tanda de habitantes marcianos en 2025. Que no os depriman los acabados sin llegar a término proyectos: Proyecto Marte (1952, 1956) Proyecto Empire (1962) Programa Apolo (hacia Marte) (1980) Proyecto Transbordador STS (1980) The Case for Mars (conferencias orientativas) (desde 1981) Iniciativa Exploración Espacial (1989) Mars Direct (1996) Y estos solo los americanos. Aquí en Europa iniciamos el Programa Aurora (2001), que nos llevaría a Marte en cinco años. Teniendo en cuenta la falta de noticias al respecto la prensa especializada duda mucho de que estemos a menos de 20 años (otra vez). Pero quizá, y debido a la tecnología, seamos las primeras generaciones que ven cumplir estos dos sueños tecnológicos y de supervivencia humana (o usamos coches eléctricos y nos vamos mudando a Marte a esta piedra le quedan dos días con humanos). De hecho el coche eléctrico es técnicamente viable, pero su implantación depende de aspectos como que el gobierno quiera. Y el viaje a Marte […]

A veinte años de viajar a Marte, y a dos del coche eléctrico