Categoría: MODELOS OBSOLETOS


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Leo cada día El Diario desde hace bastante tiempo, es un periódico que me gusta por su punto neutro. Para el que no me conozca, soy feminista y abogo por la igualdad. Porque eso es lo que significa el feminismo: igualdad en derechos y deberes de los colectivos de hombres y mujeres. No obstante este vídeo me parece una gilipollez. Atentos a las situaciones:

La denuncia machista llevada al límite


«CBC journalists in Montreal» de Conrad Poirier
Cuando era pequeño (o joven, según algunos lectores de este blog) leía una colección de libros de fantasía épica que marcaron un antes y un después en mi vida. En ellos, en un mundo inventado en el que existía la magia ocurrían todo tipo de situaciones. Fue en Dragonlance donde descubrí que, en la ficción, yo prefería el mal al bien. El bien era aburrido, soso, predecible, estático. El bien quería entornos planos y reinos quietos. El mal, por otro lado, estaba representado por personajes listos e inteligentes, taimados, estrategas, pacientes y con ambición. El mal era aquello que hacía cambiar el paisaje aburrido. Sin el mal tras esos libros no hubiesen existido tales historias. El inicio siempre era el renacimiento del mal y el ordenamiento posterior del bien para combatirlo.

La diferencia entre el periodista y el cronista



Imagen del artista Bansky 2
Un colega me mandó un email hace dos días con este asunto, que consideraba curioso y un poco triste. Claro, que también hay que decir que sus amigos están a unos 5.000 km de su actual residencia, de modo que en parte queda justificado. Pero me paré a pensar en cómo se estaba estructurando la comunicación de un modo un poquito lamentable. Yo tengo cuatro amigos, contados, que conmigo completan los dedos de una mano (yo soy el pulgar) y acabo viéndoles una vez por semana si puedo. Por motivos económicos esta cifra puede bajar mucho, claro, pero siempre se puede uno ir a pasear por ahí sin consumir más que el oxígeno. Este, de momento, no tiene impuestos. El caso es que Internet, con todo lo que puede aportar, ha otorgado a la humanidad la virtud de contemplar a los amigos a través de una ventana LED en tu propia casa. Me hice Facebook para publicar ahí mis artículos, y de vez en cuando comparto algún enlace de interés (quizá una vez cada dos semanas, a lo sumo). También lo uso en ocasiones para hablar con gente por su chat, que es mucho más cómodo que andar trasteando con el móvil. No obstante veo en mi tablón, o como se llame la vertical principal, que hay conocidos que publican entorno a veinte o treinta veces diarias de todo: enlaces, estados de ánimo, fotos, fotos tontas, fotos aún más tontas, fotos que no deberían publicarse,… , y un largo etcétera de tiempo condensado en la red. Siempre me he peguntado de dónde sacará tiempo esa gente en el trabajo para seguir publicando información. Eso y por qué otras personas se pasan horas revisándola en busca de algún dato interesante de la vida de la amiga del amigo de su amiga. En la actualidad, tanto si queremos como si no, volcamos muchísima información nuestra en la red. Alguna es directa, mediante formularios y recogidas de datos, pero otra es indirecta: textos, tweets, vídeos, fotos subidas por un amigo, enlaces que nos apuntan, etc. Por mi parte soy el menos indicado para hablar de enviar datos personales a todo el mundo, ya que tanto aquí como aquí como aquí acabo soltando particularidades de mi vida a los cuatro vientos. Pero para mí la vida virtual es un hobbie que, puedo decir a día de hoy, ya me está reportando beneficios. Pocos, pero lo hace. El problema viene cuando usas las redes sociales para comunicarte con gente que tienes a menos de tres kilómetros de casa. Bueno, para mi es un problema, para otro una comodidad, supongo. Pero me parece un poquito triste que alguien sepa más de sus amigos por lo que descubre en las redes sociales que en el cara a cara. Quizá sea yo el que está anticuado, el que no se renueva en las relaciones 2.0. A lo mejor estoy obsoleto (lo que me convertiría en una pieza de coleccionismo, obviamente  ).

Sé más de la vida digital de mis amigos que de la vida de ...


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Existen muchas palabras que los niños no pueden decir, ni les corresponde estar cerca de ellas. Todos tenemos en mente las palabras malsonantes por las que los padres reprenden en ocasiones a sus hijos. A fin de cuentas no deben situarse en sus bocas, según la cultura moderna. Pero existen otras palabras que nunca debieran acercarse a los niños. Hace una semana me presentaron al amigo de un amigo. Este amigo segundo o amigogo tiene siete años, y usa constantemente palabras de mayores. Se me ocurrió el nombre de la entrada al explicarme Pablo (le he cambiado el nombre) lo que su madre le había explicado sobre las palabras para mayores. Y es que existen palabras según las edades de las personas. Según vas creciendo puedes usar unas palabras y dejas de usar otras. Pablo prefiere decir “excremento” a “caca” aunque ninguno de sus amigos le entienda porque dice que así parece más mayor. A Pablo no le importa ser mayor, y esto es importante. Pablo usa palabras de mayores todo el tiempo, tiene permiso de su madre, y está aprendiendo un montón. Lo bueno de los niños es que suelen aceptar a menudo realidades que para los adultos nos resultan difíciles. Hay palabras que nos acompañan desde que nacemos aunque sean de mayores, pero eso no tiene que limitarnos. Pablo tiene artritis infantil, una palabra para mayores que se le ha acercado cuando aún es un niño. Y es muy feliz usando muletas para mayores para caminar y darle patadas a una pelota porque “así tengo el doble de piernas”. No ve en absoluto una limitación, aunque sabe que tarda más que los demás en cruzar el campo de fútbol también se aprovecha de que los demás no pueden meter bien las piernas entre las muletas y sus pies. Y como no quieren golpearle, una vez que le pasan la pelota no hay quien se la quite. Tendemos a quejarnos más de lo que debemos y mucho menos de lo que nos gustaría cuando, en ocasiones, los motivos por los que quejarse suponen una ventaja en vez de un inconveniente. Pablo (gracias a sus padres, hay que decirlo) ve el mundo mucho más lleno de alegría de lo que cualquiera dentro de la media podría hacerlo. Y mientras que tú le ves condicionado con muletas él te ve tambaleante y poco paciente sin ellas. Tengo un nuevo héroe, y es lentísimo.

Las palabras de los mayores



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Hay una frase por ahí que dice que tendrás un dinero similar y un trabajo de estatus parecido a las personas con quien te relaciones. Y estoy de acuerdo. Si te juntas con personas adineradas acabarás esforzándote por alcanzarlas o las acabarás perdiendo al no poder compartir los momentos de ocio con ellos. Y lo amplío: tu manera de ser será similar a las personas con las que te juntes. Todos conocemos ese tipo de persona-agujero-negro con la que si pasas media hora te parecen tres, que te absorbe la vida, se come tus sueños y hace que tu corazón se transforme en una preciosa bola de hielo. Los reconoces porque sonríen con una mueca, se encogen de brazos para darte ánimos y tienen ojeras. (Suelen ser contables, por cierto). Yo tuve a un profesor de contabilidad en la universidad al que llamábamos El hombre gris. El hombre gris había sido abandonado por todos: la sociedad, su novia y su madre. No hay otro modo para que una persona pueda parecer tan profundamente triste y aburrida. De hecho, al escribir en la pizarra mientras dictaba con murmullos sin ganas lecciones aburridas se iba poco a poco hacia abajo en sus propios renglones tristemente grises. La grafología no es una ciencia, pero nadie te va a negar que ese hombre escribía hacia abajo porque era un hombre gris. Nos lo imaginábamos de pequeño, un niño normal, alegre, divertido, vital. Pero algo le debió ocurrir (probáblemente estudiar contabilidad) y se volvió gris (tono de piel incluído) apático y sin gracia. Se trataba de la obra cumbre de la inspiración al pesimismo y la depresión. Y al parecer llevaba años en ese estado vegetativo en vida, con un comportamiento más parecido al de un zombie que al de una persona viva. Es por eso que os vengo a prevenir para que os alejéis de ese tipo de personas para buscar gente vital, alegre, animada, optimista, con ganas de comerse el mundo. Esto incluye también a vagos sonrientes, claro. Pero la vida es muy corta como para jugársela a ver si en la siguiente quedada de amigos alguien más pasa al lado oscuro. Cuando te juntas con personas que no paran (aunque estén parados) tu vida se ve de un modo diferente a si lo haces con hombrecitos grises (suelen ser varones con un tono de piel levemente demacrado). Esta gente es fácil de identificar: no se ríe, no anima, se cruza de brazos, cuesta sacarles de casa,… Huid, si podéis.

Rodéate de personas que no se queden quietas


Cálculo del XXX, nótese una falta absoluta de conocimiento de las reglas de preferencia del paréntesis 4
Hoy voy a suspender un examen porque los conceptos sobre los que habla para mi son muy parecidos a la magia o el budú: están desordenados, no tienen mucho sentido y, además, no resultan nada atractivos. Me estoy refiriendo a la contabilidad y las finanzas. Tengo una batalla perdida contra la contabilidad. Bueno, no contra la contabilidad en general. He de decir que me he administrado mi dinero desde siempre y la gente se sorprende al saber cómo lo estiro. Soy maniático y todo queda registrado: una entrada para el cine, el pago de la factura del teléfono, un refresco… Todo lo llevo a modo de control, para saber qué es lo que gasto, cuándo y de dónde quitar. Pero claro, al parecer la contabilidad al uso (la de los contables del día a día) está por encima de las normas básicas tanto lógicas como matemáticas, y por eso: Lo que resta puede ir sumando para según qué cuentas, y a veces en vez de poner un signo de menos puedo poner un paréntesis para verlo más claro. Eso sí, los colores en una hoja excel ni ocurrírseme. El paréntesis lo pongo englobando la operación porque me sale de los cojones (véase la fotografía, donde se supone que las pérdidas restan al beneficio en vez de multiplicarlo con signo negativo). Defino rendimiento no con la fórmula del rendimiento, sino con la que a mi me da la gana. Inlcuso puedo decir que 0,25% es lo mismo que 25%. Puedo trabajar sin unidades (en serio, sin ninguna en absoluto) durante desarrollos de tres o cuatro folios. Puedo hacer varias sumas y restas en vertical, sumando el resultado de una al de otra, y eso se lo resto a tal o cual cantidad. ¿Para qué me voy a liar haciendo varios pasos lógicos y formalmente correctos si te lo puedo poner todo como una sucesión de sumas sin ningún signo de operación de por medio? 4,1 % es 4%, y 3,9% también es 4%, y a la mierda. Los millones los pongo yo como una M, o como una m, pero mi vecino los pone como “kk“, y a veces podemos incluso trabajar sin ningún tipo de coma. 0,25 evidentemente hace referencia a un porcentaje. Si no lo entiendes es porque no estabas atento. Al dividir “unidades monetarias” entre “unidades monetarias” me puede salir un resultado en meses. Yo molo. La notación científica es para maricones. Si me tengo que liar a ceros, los pongo, aunque sean 24 y no tenga sentido. Los subíndices me los paso yo por el forro de los coj****, y por eso CV no es lo mismo que CV. “No, Marcos, la contabilidad es algo muy serio, y hay normas.” Ya. Pero todavía no he encontrado un solo libro en el que al pasar de página en determinados capítulos se respete la nomenclatura que le precede. Es por eso que beneficio neto puede escribirse como BºN, BDIT, EBITDA, BN o Bfn a veces de modos diferentes, ¡dentro de […]

Hoy voy a suspender un exámen. La estrategia de la cebolla



Alguien que podría hacer algo útil por la sociedad tendrá que limpiar esto
De mano de la educación está el no gastar, el no ensuciar, el dejar el entorno mejor o al menos igual que como lo has encontrado. Si las calles están limpias toda la flota de barrenderos podría sustituirse por otro tipo de mano de obra. Una especializada en el cuidado urbano. Imagina una flota de ingenieros forestales del mismo tamaño que la de los barrenderos actuales. No estoy diciendo aquí que despidamos a los barrenderos (cuidado), digo que el 90% de ellos debería no ser necesitado, y que solo está ahí porque somos unos cerdos. Si están ahí no es porque debieran hacer falta, sino porque ensuciamos las calles, no cuidamos de tirar algo a la papelera aunque esté a dos metros de distancia y nos da igual seguir echando basura a un contenedor lleno, abandonar coches en la vía pública, no recoger la caca de los perros, y un suma y sigue de falta de civilización. Ese hombre que tiene que trabajar limpiando nuestra mierda podría estar regando parques, cuidando plantas y proyectando cómo hacer de Madrid un jardín en cada tejado. Si nadie tirase ningún papel nunca, si ni una sola colilla tocase el suelo, si recogiésemos todo aquello que se nos cae y no lanzásemos litronas y botellas de plástico a la base de los árboles simplemente el barrendero no sería necesario. ¿De qué sirve alguien que barre si no hay nada que barrer? Por supuesto esta postura requiere de un nivel de civismo que en España dudo que alcancemos pronto (ni tarde). Para ejemplo mi barrio, que se está remodelando pasando de un barrio de gente mayor a un barrio de nuevos madrileños jóvenes. Y da cada día da más asco pasear por sus calles. Y no es por falta de barrenderos, aunque los duplicasen el nivel de suciedad arrojada al suelo es tal que siempre estarían sucias las calles. Vivo en Carabanchel (Madrid), y gracias a la ardua colaboración vecinal pronto viviré a las afueras de un maravilloso vertedero. Por desgracia no veo el momento en que la gente respete a sus ciudadanos y se trate a sí mismo como una persona arrojando el papel a la papeleta o al contenedor de basura. Hace una semana un colega vio como un hombre arrojaba un papel por su ventanilla en el coche. Por supuesto se lo devolvió, y el animal en cuestión volvió a arrojar el papel al suelo. Días más tarde tuve que gritar a una señora bastante desagradable por qué era tan cerda como para dejar el suelo así (iba arrojando todos los papeles que tenía en el bolso según andaba). Me miró con mala cara, como si el insolente hubiese sido yo al llamar la atención de los vecinos sobre su persona. Ensucio el suelo para que haya barrenderos. Es una escusa usada. Enhorabuena si es vuestra postura, viviréis en un mundo agradablemente contaminado, y estáis contribuyendo a que los demás tengamos que pagar más impuestos. El despido de barrenderos no es malo […]

Crisis, posos laborales y educación. Y todo en el suelo


ESQUELETO DEL CUERPO HUMANO 1 1
Encoger un átomo es una imposibilidad física. Al menos a día de hoy comprimir la nube de dispersión que es el electrón más cerca del núcleo colapsando su función de onda y hacer este más pequeño no es posible. Tampoco podemos juntar los átomos más de lo que ya están entre ellos sin sufrir altísimas presiones y temperaturas. ¿Por qué menciono todo esto? Porque no creo que la miniaturización, a diferencia de los guionistas de Hollywood. Por fortuna la mayoría de las películas sobre gente que disminuye su tamaño dejaron de producirse en masa, y el fenómeno de miniaturización pasó de moda. Y menos mal, porque miniaturizar a alguien es poco menos que cometer con él un asesinato (si el guión de “Cariño, he encogido a los niños” hubiese sido serio él acababa en la cárcel). Como ya he comentado antes tú no puedes comprimir los átomos de alguien si no los sometes a altas temperaturas y presiones. Como los humanos no podemos nadar bien en lava ni respirar oxígeno metalizado vamos a pasar a la única opción plausible para hacer a alguien más chiquitito: quitar materia. Pasando por algo así como una mega-liposucción para reducir a una persona de tamaño a, digamos, la mitad de su altura, deberíamos extraerle 7/8 de su volumen. Si os preguntáis de dónde viene este cálculo pensad en un cubo de 2×2 cubos de lado. En total tendría ocho cubos pequeños (cuatro por cara, dos de arista y dos en la diagonal). Para hacerlo la mitad de pequeño y conservar la escala (que se vea un cubo) tendremos que quitar otros siete. Es decir, que extirparemos del voluntario siete de cada ocho átomos. Por muy reiterativo y por duplicado que esté nuestro sistema de células y nuestro ADN una extracción de semejante cantidad de átomos sin duda nos llevaría a: Perder prácticamente todos los recuerdos; Sufrir de inmediato un colapso nervioso; Sangrar por todos los orificios antes de morir. No podemos funcionar sin siete de cada ocho átomos, es un hecho. pero aunque pudiésemos mágicamente sobrevivir a esta miniaturización por extracción de masa y (de nuevo mágicamente) volver a nuestra altura nunca podríamos sobrevivir. De realizar tal proeza nuestros átomos estarían el doble de separados entre ellos de lo que deberían una vez recuperada nuestra altura normal. En ese momento la presión externa (la de la atmósfera) irrumpiría dentro de nuestro cuerpo (ahora vacío en siete octavos), y digo cuerpo por decir algo. Las moléculas del voluntario, tan separadas unas de otras tendrían una consistencia fluida más parecida a la resina que a, por ejemplo, un hueso. En un par de segundos serías un enorme charco rojizo en el suelo. Ni la parte más dura de tu cuerpo previa al experimento sería del todo sólida. Sufrirías un problema de resolución atómica, una pixelización extrema. Y esto es tan solo para reducirte a la mitad de tamaño. Imagina lo que les pasaría a los niños de “Cariño, he encogido a los niños”. No quiero ni pensarlo.

El pixelado genético de la miniaturización



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Plantéatelo así: vende el vaso. Así se te pasará la tontería de pensar si está medio lleno o medio vacío. O bébete su contenido, que para el caso es lo mismo, y serás el excepcional poseedor de un vaso vacío, lo que no está nada mal. Puedes llenarlo de cualquier otra cosa, como por ejemplo palillos y presentarte voluntario para la temida Prueba del Palillo. Siempre me ha hecho gracia eso del vaso medio lleno o medio vacío como una forma de analizar cómo de triste o contento estás, y cómo observas el mundo. Yo no necesito el vaso, al menos no tan grande. Fíjate bien: te dan un vaso por la mitad. ¿No es evidente? O bien le falta agua o te han dado un vaso demasiado grande como para el agua que iban a echar dentro. Eso, por supuesto, te lo dice un ingeniero. El matemático podrá afirmar que el vaso está 1/2 lleno, 1/2 vacío. Un físico de instituto te dirá que el vaso se encuentra prácticamente vacío, mientras que uno un poco más avanzado que el vaso se encuentra más lleno de lo que parece. Pregunta a un artista y te dirá que es un vaso bonito, feo o indiferente. Pero claro, esto supone que se han replanteado la pregunta original (totalmente condicionada): ¿Está el vaso medio lleno o medio vacío? Esto es similar a preguntar a tu madre “Mamá, ¿recojo la ropa o ya si eso la recoges tú?” condicionando la respuesta a la pregunta y llevándote por ello un par de hostias bien dadas. (Las madres huelen estas cosas). Para poder responder todas esas ideas que he escrito en el segundo párrafo o en el primero tenemos que abrir un poquito más el abanico de nuestra visión y preguntarnos, por ejemplo: ¿De qué está hecho el vaso? ¿Puedo ver una foto? ¿Es eso agua? ¿Me lo puedo beber? ¿Cuánto me da si me lo bebo? ¿Me lo puedo llevar a casa? De primero, legumbres. ¿El baño, por favor? Lo que está claro es que si alguien te hace una pregunta así es que quiere saber cómo vas de ánimo, qué tipo de persona eres, cómo te comportas o cuánta felicidad llevas dentro. Hazle sufrir un poco con respuestas propias del pensamiento lateral, que tenga que escarbar un poco más y ponerte (por lo menos) un chuletón junto al vaso. Y ya si eso mejor una copita de vino. Por acompañar. Y tú, ¿cómo ves el vaso?

Vaso medio lleno, vaso medio vacío


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He hablado en alguna ocasión del absurdo de la publicidad impresa. Pero la publicidad está en todas partes: en las webs, en los teléfonos móviles, en nuestros portales (por cierto, creo que esto es ilegal), en los árboles, coches, carteles publicitarios de carreteras, en las paredes, periódicos, noticiarios,… Estudio marketing y creedme, la publicidad es su hermana bastarda. De hecho marketing y publicidad no tienen demasiado que ver. Marketing es el modo de vender algo mientras que la publicidad es un sistema de acoso a la fuerza para vender algo. Es importante la palabra acoso, y es que cada vez más gruño a los papeletas (las amables personas que dan folletos por la calle para que los tiremos a la basura). Todavía no entiendo cómo no está prohibido que estas prácticas se lleven a cabo viendo lo que ensucian las calles y el poco impacto en ventas que tienen. El resto de publicidad es pasiva, y por lo tanto elegible. Por ejemplo en este blog solo tengo publicidad de mi libro, mientras que existen otros que son, en esencia, publicidad con un poquito de letra. Pero si entras ahí es porque quieres, nadie te obliga. Nadie te obliga a comprar un periódico, ver un canal concreto o escuchar tal cadena de radio. No obstante pasear por la calle se ha convertido en una actividad molesta y últimamente nada grata. Cientos de flyers vuelan hacia ti con un tipo pegado a su culo. El tipo a veces ni te sonríe, incluso va con los auriculares puestos. Él solo reparte flyers. Pero peor que todo eso es encontrarte publicidad en tu portal. Tu portal, que no es un tablón público de anuncios sino la entrada a tu casa, se ha convertido en el portal no-web más importante en servicios de limpieza, pintado de casas y talleres de coche. A diario quito un papel con celo junto al telefonillo (dejando una mancha). Y todos cumplen lo mismo: no hay ninguna empresa detrás. Es decir, que no cotizan, no ayudan a los demás, nunca ayudarán a reactivar la economía (para esto queda todavía bastante). Pero no solo eso. Es que, además, ensucian, manchan las calles, obligan a la contratación de basureros extra (que salen de tu bolsillo, por cierto), afean el entorno, y hunden un poquito más la economía. Es por eso que se me ocurrió un método de ahuyentar estos carteles, y es hacer llamadas de visitas a lugares donde no estás. Por supuesto solo si tu línea es de tarifa plana y llamando desde una marcación oculta para que no sepan tu teléfono. Llamas, preguntas por Julián, Manolo, Alejandro o quien sea, y le comentas que tienes un problema que pueden resolver en función de la empresa en cuestión. Y les mandas al punto de la ciudad más alejado de su domicilio (porque es de ahí de donde salen). Días más tarde, y tras varias llamadas que han llegado a costar cientos de euros en transporte y gasolina, vuelves a llamar diciendo […]

Arruga la publicidad



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Sufrimos uno de esos momentos o episodios de morriña histórica. Lo sufrimos cada vez que contemplamos un taxi londinense, una cuchilla de afeitar en forma de navaja, un cartel antiguo, un libro amarillento los mecheros de petaca y, desde hace unos años a aquí no he podido evitar fijarme en cómo buscamos conseguir fotografías en blanco y negro en un intento de emular otros tiempos. Pero no llegamos a revelarlas. Nos quedamos a mitad de camino en un entorno de LEDs color sepia durante un segundo antes de pasar a la siguiente fotografía, sin tomarnos el tiempo suficiente para admirarla. Sonreímos, nos ha gustado el toque antiguo, al igual que sentimos esa magia cuando envejecemos un mueble que nunca ha tocado un evanista o servimos un vino malo en copas que distan mucho de ser de cristal. Pequeños destellos devaluados de lo que en su día fue el máximo esplendor tecnológico. Un encanto por singularidad que ya no podremos conseguir. Ahora todos tenemos una cámara de fotos en el bolsillo, ya no es un artículo de lujo ni tenemos un límite de diez fotografías a lo largo de nuestra vida. Ahora tratamos las fotografías en un vano intento de emular el encanto de lo escaso, de lo único, sin llegar a conseguirlo del todo. Dentro de cincuenta años la fotografía en panorámico o incluso en 3D mediante escaneado del entorno podría estar a la altura (y en el interior) de nuestros bolsillos. Seremos poseedores de unas GoogleGlass marca blanca con las que el mundo será escaneado al detalle en cada momento del día. En ese momento alguien parará el registro del vídeo en una imagen tridimensional estática, la proyectará sobre una superficie plana, recortará una pequeña ventana rectangular de la misma y puede que incluso la ponga un filtro de blanco y negro o sepia, siendo poseedor de un sinfín de ceros y unos que no se parecerán en nada a las planas imágenes de nuestros teléfonos (en cincuenta años consideradas como algo único y con el encanto que da el tiempo) y ni mucho menos de aquellas fotografías sepia sobre cartón duro que nunca podremos poseer.

La elegancia de la fotografía en 2D


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No dejan de ser graciosos los derroteros que tienen las tecnologías actuales. En concreto los motores de búsqueda por Internet. Casi todos conocemos los cada vez más casos del derecho al olvido de Google: gente que se queja porque aparece en búsquedas pero que no quieren aparecer. Y como premisa me parece válida. Lo absurdo viene a continuación: aunque ganen el juicio y Google bloquee la información no sirve absolutamente para nada. Bienvenidos al mundo de Internet, las redes sociales y las salchipapas en las ferias. Es un mundo desquiciante y en parte divertido, con mucho más serrín para vómitos del que hace un siglo hubiésemos calculado, y con patinazos legales como el que sigue. Desde hace unos años se han dado varias denuncias por parte de usuarios y no usuarios de Internet consistentes en la eliminación en los motores de búsqueda de determinados buscadores una información que ha subido un tercero. En este caso es muy sonado el caso de Google de hace un par de años, en el que un usuario que había salido de una lista de morosos era indizado (por el DNI) a un registro web de una empresa privada que mantenía sus archivos abiertos. El hombre denunció primero a la empresa, de la que recibió un “tururú” legal, que viene a ser algo así como un “tururú” en la calle. Traducido significa que la empresa iba a hacer con sus datos lo que le saliese de ahí, más aún si la empresa trataba de identificar posibles morosos. Lo cierto es que según la ley española (que es de donde era esa empresa) le permitía hacer eso. Así que nuestro protagonista siguió denunciando, esta vez contra Google, ya que era por su culpa que si alguien le buscaba él aparecería en aquella lista. Haciendo una analogía es como pedir a una gran biblioteca que haga el favor de no orientar hacia determinado contenido que no nos gusta solo porque no nos guste, aunque se base en hechos reales y comprobables, y aunque los datos sean relevantes para la persona que los busca. O, por seguir con otro ejemplo, que un periódico borre de su hemeroteca un número con información no errónea (aunque sí desactualizada, pero vamos, como casi todas las noticias). El caso es que el motor de búsqueda (Google) no tenía la culpa de que al buscar su DNI apareciese el tipo en un listado de morosos pasados, sobre todo teniendo en cuenta que se trataba de un exmoroso y que el motor de búsqueda debe ser imparcial con el contenido de la red. No nos parece lógico borrar una palabra del diccionario, y menos una que tiene utilidad. Lo que ocurre es que aunque Google fuese en este caso un tirano (seguro que lo es en otros casos) y quisiese hacer sufrir a aquél hombre la Ley le ha prohibido mostrar ese fichero al realizar una búsqueda por el DNI en cuestión. Google ha puesto un parche en sus buscadores con este y otros […]

La importancia del índice