Categoría: RELATO


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La ampliación del umwelt de aquél joven estaba basada en el mapeo tridimensional por ondas. Y gracias a eso iba a salvar catorce vidas hoy. El pequeño emisor electroacústico de su espalda, a modo de mochila, lanzaba pulsaciones esféricas constantes que avanzaban en frecuencia en un amplio rango cada pocos segundos. Las ondas ultrasónicas barrían el espacio a lo largo de su avance, rebotaban en los objetos y volvían hacia aquél muchacho ciego, donde los transductores implantados a lo largo de todo su sistema óseo recibían la información y la amplificaban, haciendo vibrar ligeramente los huesos. Estas vibraciones eran percibidas por los músculos, quienes enviaban los impulsos al cerebro. Y hasta ahí la magia de la ciencia. El resto era trabajo del cerebro, quien se adaptaba a cualquier tipo de impulso eléctrico para conformar la realidad. Habían pasado años para que la imagen del barrido tridimensional fuese interpretada al detalle por el cerebro de Izan, que con tan solo diez años se había quedado completamente ciego. Fue entonces cuando las primeras ampliaciones de umwelt, de la mano del doctor Eagleman, permitieron que los ciegos volviesen a ver parte de la realidad perdida a través de la sustitución sensorial. Izan, de quince años ahora, había recibido desde hacía un año una formación especial desde que se dieron cuenta de los usos de sus nuevas capacidades. Desde entonces se había incorporado e integrado a la perfección en el equipo de zapadores, que seguían sus instrucciones sin una sola queja. Izan comenzó a explicar la situación al jefe de ingenieros mientras el resto de técnicos se reunían a su alrededor. Él los detectaba como espacios tridimensionales ocupados por una sustancia blanda. Lo suficiente como para que las ondas la atravesasen lentamente. En el edificio derruido, de siete plantas que incluían tres de garaje, había catorce personas. Izan podía ver el edificio bajo sus pies. Seis de ellos se movían ligeramente entre los cascotes en los pisos dos y tres, pero el resto apenas sí respiraban con dificultad. Izan señaló los tres puntos de extracción sobre los que se tendría que empezar a trabajar para alcanzar primero a aquellos que parecían más débiles debido a los movimientos de sus cajas torácicas. Podía leer e interpretar sin problema variaciones de unos pocos centímetros en un radio de más de veinte metros, y cinco de los cuerpos que visualizaba estaban completamente quietos desde que había comenzado a emitir hacía tres minutos. Probablemente estuviesen ya muertos. Los zapadores comenzaron a cavar en los puntos dos y tres con maquinaria pesada, debido a que en esos puntos las personas se encontraban a mayor profundidad, junto a las salidas E y F el parking derrumbado. Pero en el primer punto, diez personas paleaban y levantaban cascotes con las manos. Izan sentía cómo la respiración de aquella mujer, a dos metros por debajo de ellos, se volvía lenta e inconstante. De vez en cuando, su pecho se sacudía. Tosiendo, interpretaba Izan, en un esfuerzo por respirar. Izan realizó el cálculo […]

Umwelt


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Supongo que no era para nada necesario lanzarme con aquella moto a la piscina. Simplemente, ocurrió. Recuerdo que de pequeño siempre había tenido la inquietud de qué ocurriría si metes metal en el microondas. No pensaba hacerlo, por supuesto, ¡estaba prohibido! Y, además, todo el mundo sabía que era peligroso. ¿Por qué intentar algo peligroso? Durante muchos años tuve la espina clavada sobre aquello. ¿Qué ocurriría realmente? ¿Por qué no se podía meter metal en el microondas? ¿Por qué no puedes dejar la plancha enchufada? ¿Es verdad que llega a pudrirse la ropa en la lavadora? ¿Qué ocurre si no le cambio el aceite al motor? ¿Cuánto tarda la ropa en desintegrarse colgada al viento? ¿Existen razones para meter un tenedor en una tostadora en marcha? ¿Qué ocurre si comes sobre un hormiguero? ¿Puedes navegar por las calles dentro de un cubo de basura usando un remo? ¿Y por qué no voy a construir yo una catapulta? Por supuesto, en aquél momento no pensaba en estas cosas, eso vino mucho después, durante los largos meses en el hospital. Oh, no os preocupéis, yo estaba bien. El problema eran las cinco costillas rotas, la pérdida de la pierna derecha por debajo de la rodilla y el pulmón perforado con infección. Pero yo estaba bien. Y durante mi corto vuelo en moto estuve mucho mejor. Estuve vivo por primera vez en muchos años. Recuerdo las cientos de personas vitoreando mi nombre. No me conocían, no tenían ni idea de por qué gritaban mi nombre, yo no era famoso. Pensándolo en retrospectiva, el tipo sobre la moto podría haber sido cualquiera de aquellos tipos alcoholizados por la fiesta. Pero fui yo. Recuerdo que, de pequeño, la idea de que algo explotase de manera violenta me hacía mucha gracia. Luego conocí a Victoria, mi mujer. Perdón, exmujer. A Victoria no le parecía nada gracioso que algo explotase, por lo que (durante un tiempo) a mí tampoco me lo pareció. Luego nació mi hijo, Súper, siempre jugaba con grandes camiones de pequeño, haciéndolos colisionar en el estruendo de grandes explosiones que Súper trataba de simular. Por supuesto Súper no se llama Súper, pero ya llegaremos a eso más adelante. El caso es que a mi hijo le encantaba la violencia sin motivo y, cuando él alcanzó la edad de ocho años (una semana después de mi accidente) a mí la violencia y el caos comenzó a parecerme una gran idea de nuevo. Durante mi salto en moto, la idea de Súper destrozando camiones vino a mi mente antes de tocar el agua. Victoria, la hermana mayor de Súper, que se llama igual que mi mujer (perdón, exmujer), me demuestra cada día que la violencia puede ser un medio de acción muy divertido. Nadie sabía de quién habían heredado aquella furia interna. No hace ni un mes que le rompió la mandíbula a un defensa que trataba de bloquearla. Ella respondió al bloqueo lanzándole el balón a la cara en una flagrante falta reglamentaria. Eso se […]

Despertar



reloj helado 1
En un lugar donde el frío escarcha el aire hasta que hiela la garganta, y hace arder los pulmones, en el que la blancura oculta la fría y quebradiza roca bajo la superficie. Ni en el momento más caliente se aprecia ningún verdor a la redonda, y todo rastro de vida consiste en el vacío de ningún sonido salvo el silbante viento. Y desciende la temperatura, y la herrumbre de los carámbanos estalacta las palabras en pináculos invertidos de hielo duro, que rasgan el aire. Y nada crece, excepto las dendritas en su lento transformar del tiempo en hielo, que no ceja de pasar. El grosor aumenta, desterrando el aire de agua, adquiriéndolo para sí, para crecer yermo y blanco alrededor de todo. El movimiento cesa, frío. Las palabras dejan de escucharse para dar paso a glacial silencio tras la quietud. Es entonces, cuando ni siquiera el frío aumenta, cuando el paisaje se detiene. Todo queda escarchado a su paso, todo quieto. Y en su gélido abrazo ni la vida ni la muerte tienen sentido, solo la fría caricia del silencio helado, que lima el hielo, suavizándolo. Y contemplas el frío, condensado en forma de hielo y viento, y agreste polvo de cristales que cortan la piel. Todo yermo. Y solo queda una salida: matar el tiempo antes de que el tiempo te mate a ti.

Cuando deja de latir


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Que el cerebro necesite descansar supone un problema para mí. Llego a la cama agotado y… Quiero leer, ver una serie o una película. Hay cientos de artículos, miles de libros esperando. Pero mi mente, debido a un error evolutivo garrafal y al que no puedo renunciar, necesita dormir. El problema es que, con cualquier estímulo, el cansancio se retira para dar paso a la curiosidad. Y el sueño es imposible. ¡No se puede leer con los ojos cerrados en la oscuridad! Y, si trato de ponerme música, el sueño nunca llega a por mí, mientras que el dolor de cabeza, esa herramienta que nos sirve para decir que descansemos, comienza a palpitar en las sienes. Pero nunca se van las ideas al apagar la luz. De hecho, la oscuridad les gusta, las ideas son nocturnas. Y hacen ruido dentro de mí, esperando poder plasmarse en líneas de tinta en el cuaderno de mi mesita, un ruido por encima de la súplica palpitante del dolor de cabeza, que no comprende por qué no cierro los ojos sin más. Decido apuntar esa idea, y la luz vuelve a estar encendida. Y los libros me miran desde la repisa. El teléfono parpadea: significa que hay más lectura en mi correo entrante. Quizá un indizador automático, de esos que saltan pasada la medianoche, o un colega esperando que lea su próximo best seller, o el comentario contestado de algún blogger amable que me escucha. Y es entonces cuando hay que elegir a qué dedicar la atención y el incipiente dolor de cabeza. Un solo foco. Quiero ser como Mahnmut, el personaje inventado, y poder pasear tranquilo por una cubierta mientras leo La Tempestad en voz alta, sin miedo a caer por la borda por falta se atención, y mientras mantengo una conversación con alguien más sobre mi impresión de mí mismo leyendo en ese momento. Ese es el tormento de la condición humana: la sabiduría suficiente como para comprender nuestros límites. La imposibilidad de estar concentrados en más de un asunto. La necesidad de dormir y ver pasar un tercio de tu vida postrado en la inactividad. Como aparece reflejado en uno de los capítulos de Galáctica por un robot que nació humano: “Vi una estrella explotar y despedir los elementos básicos del universo, otras estrellas, otros planetas y con el tiempo otra vida. Una supernova, la creación en si misma. Yo estuve allí, quería verlo y formar parte del momento, y, ¿sabes como percibí uno de los sucesos más gloriosos del universo? ¡Con estos ridículos y gelatinosos globos en mi cráneo!, ¡con ojos diseñados para percibir una mínima parte del espectro electromagnético!, ¡con oídos solo diseñados para oír las vibraciones en el aire. ¡¡Yo no quiero ser humano!!, ¡¡quiero ver los rayos gamma!!, ¡¡quiero oir los rayos X!!, ¡¡y quiero oler la materia oscura!!. ¡¿No ves la absurdez de lo que soy?!, ¡¡Ni siquiera puedo expresar esto correctamente porque tengo que conceptualizar ideas complejas con este restrictivo y básico lenguaje hablado!!. ¡Pero quiero […]

Tara evolutiva



Lo que no ves no significa que no esté ahí
Desde que empecé el blog me he hecho con un repertorio de casos extraños en los que la gente puede pensar algo de un modo equivocado en determinados momentos. Situaciones en las que la percepción nos juega malas pasadas y tendemos a juzgar del todo erróneo. Hoy os he traído un ejemplo bastante esclarecedor de este tipo de pensamiento, muy dado en películas de thriller y que a mí me encanta. Porque me encanta asomarme a la pantalla para que al final todo se desvele y me de cuenta de que he estado contemplando el cuadro de manera equivocada. Y volver al inicio. Pides mesa en un restaurante acomodado a tus capacidades económicas. Acudes con dos amigos tuyos y os sientan en una mesa de modo que ves el resto del restaurante: un espacio casi cuadrado con otras nueve mesas en su interior. Desde donde te encuentras ves la cocina, la bajada al baño y la cara de la mitad de los otros comensales. Hay un par de mesas vacías pero las llenas emiten un nivel sonoro tal que el lugar parece abarrotado. Justo a tu derecha, a dos mesas de distancia, una pareja discute acaloradamente en un idioma que parece ruso. Y, por supuesto, tú no entiendes nada, pero se les nota agitados. Tanto el hombre como la mujer deben rondar los cuarenta años. Lo que piensas hasta ahora: alguno de los dos ha hecho algo que al otro no le ha gustado, tanto es así que se llevan la discusión al restaurante. Sin ningún tipo de aviso el hombre se aparta de la mesa casi de un salto y saca de su sobaquera un taser, que dispara contra la mujer, arrojándola al suelo con estertores eléctricos. Cuando el arma ha hecho efecto y ella se encuentra semiinconsciente en el suelo, él se acerca y hurga en su bolso, sacando un objeto y guardándolo en su chaqueta. El resto del restaurante mira embobado la escena, y solo dos chicos que se encontraban próximos a la puerta han huido. Tú, paralizado, no lo has hecho. El hombre mira alrededor, a ti,  y se lleva la mano a la otra sobaquera. Lo que piensas hasta ahora: mierda, ese tipo ha atacado a la mujer para robarle algo, y es muy probable que ahora la tome con el resto del restaurante, que lo hemos visto. De la otra hombrera se saca una placa de policía que se coloca en la pechera, y con las manos en alto y nada amenazantes pide disculpas en nombre de la policía por la escena, y comenta que en breve podremos continuar con la velada. Sonriendo, nos dice que tendremos una escena que contar para el postre. El restaurante estalla en aplausos y risas nerviosas. ¡Menudo susto! El hombre toma el pulso a la mujer, se asegura de que va desarmada, la esposa y habla por radio un par de segundos, saliendo del restaurante. Lo que piensas hasta ahora: Acabo de ser testigo de una detención en directo, lo […]

Lo que ves no es necesariamente lo que está ocurriendo


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No dejaba de ser curioso el hecho de que aquellas piedras lo acompañasen a todas partes mientras se movía por la ciudad. Algunas rodaban y otras se limitaban a flotar a su alrededor mientras realizaba los recados del día. Algunas, lentas en su reaccionar, seguían en movimiento algo más cuando él paraba, de modo que constantemente golpeaban los edificios de piedra roja de los comercios de la villa. De no ser él quien era, las gentes se hubiesen quejado de los destrozos. Pero un gesto de su mano borraba los arañazos y los golpes, y los restauraba a veces a estados mejores incluso de los que tenían. Acto seguido se giraba hacia sus rocas, les recriminaba su distracción como quien recrimina a un niño travieso y continuaba con sus quehaceres. El abuelo de mi padre contó que vio una de sus rocas rodar a más de tres valles de distancia, y siempre contaba lo duro que fue arrastrarla de nuevo a la casa de su dueño, que la reprimió durante más de una hora con golpes de su bastón mientras la roca permanecía inmóvil a si lado. El abuelo de mi padre no buscaba recompensa ninguna de aquél hombre, pero le intrigaba el uso que daba a las piedras. Nunca había conocido a ningún pastor de piedras. Él le respondió regalándole un pequeño frasco de grava y prometiéndole que si lo cuidaba y dejaba libre, con el tiempo la grava protegería a nuestra familia. Diré en defensa de mi antepasado que nuestra grava ahora es algo más grande. Similar a los guijarros que encontraríamos en los ríos, pero que apenas repta y toda ella se descompone al poco de andar. Y desde luego ninguna de las piedras puede llamarse roca o ha sido capaz de alzar el vuelo más que unos pocos centímetros. Sin duda no tenemos el don que ese hombre sabe otorgar a los pequeños golems o elementales, como los llamó él mismo. Junto a su casa hay diez de esas criaturas que él dijo una vez fueron guijarros de río, que trabajados con la paciencia de generaciones protegen su vivienda. Y dos lo siguen siempre que sale de ella a la distancia prudencial para no atemorizar a las gentes. Hoy me he propuesto aprender los trucos de su voz y hacer crecer la reliquia que nos regaló una vez. Hoy pediré que me enseñe el secreto de los pastores de piedras.

El pastor de piedras



Espantapajaros..
Los vigilamos para que no nos hieran. En cuanto pueden nos masacran con sus métodos, nos ensordecen con sus máquinas, destrozan la tierra de donde obtener el sustento Los que nos asustan se han especializado en cazarnos, usarnos y vendernos como objetos de exposición. Enjaularnos y ofrecernos como arte. El arte esclavizado de vivir entre las rejas de una prisión, a la vista para el disfrute de aquellos. Pero también sufrimos por los cañonazos que nos exterminan. Parece que solo vivan para meternos miedo, e incluso de ello nos han matado. El miedo que dispara el corazón hasta que la presión es tan alta que revienta por sí solo. Cada vez que salimos por comida ellos esperan para herirnos. Para lanzarnos piedras o atemorizarnos. Toda su civilización radica en extinguirnos. Bajo del árbol donde duermo a por algo que llevar a la boca. Hay uno de ellos cerca, pero creo que no ha reparado en mi. Yace inmóvil contra el suelo. Sin duda descansa. Aviso a los míos que bajo, y llego a pocos metros del inmóvil. Sigue sin hacer ningún movimiento. He visto que hay comida junto a él. Trato de rodearle sin hacer ruido. Apenas sí piso la hierba que lo rodea. Ellos rompen la hierba por algún motivo, y no conviven con los demás. Alcanzo un pedazo de comida, lo sujeto y escapo lo más rápido que puedo, de nuevo a las copas frondosas que nos esconden a los que vivimos en el miedo. El corazón me late como cada vez que les robo. Pero ellos apenas dejan comida, rompen el entorno y nos obligan a robar lo que traen desde otro lugar. Nos han convertido en parásitos de su sociedad. Miro arriba, al cielo. Lo que parece un denso jirón de nube pasa sobre nuestras cabezas. Pero no es una nube. Las nubes deben ser esponjosas. Esto es algo mejor. Es una oportunidad de comer algo hoy. Alzo el vuelo en dirección a los insectos, y subo hasta donde el calor bajo las alas apenas impulsa en busca de comida, en busca de huir de quien nos asusta.

Aquellos que nos asustan


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Estoy aquí para infectar tu cerebro con una Idea. Después no podrás decir que no te avisé, he tratado de advertirte que voy a cambiarte. Más o menos ahora tu cerebro está segregando sustancias que hacen que esto que vas a leer lo leas de un modo escéptico. Y te lo adelanto porque te quiero en ese estado. Quiero que me leas sin creerme, y que cuando la Idea sea tuya pueda decir que conquisté un cerebro, que he cambiado el paradigma de tu mundo, que temes cualquier interacción social por cómo otros puedan entrar en tu mente. Lo hacen a diario, ¿lo sabías? No es necesaria una sonda ni complejos sistemas de simulación neuronal para manipularte. Entraré en tu cabeza, dejaré implantada la Idea y me iré a girar el mundo de otra persona a través de tus labios. Y no podrás evitarlo a menos que dejes de leerme. Pero sigues leyendo, y se acerca el inevitable final de mi diáspora a lo largo de las mentes. Y, ¿sabes lo más importante de todo? Que ni siquiera soy yo quien habla a través de mis textos. Son ellas, escondidas y enraizadas en impulsos eléctricos que se perpetúan. Son las Ideas quienes me dicen qué debo decir, qué debo hacer, a quién influenciar y a quién no. De quién debo alejarme para que no me manipule y con quién puedo aliarme para hacerme más fuerte. Y estoy seguro de que aún no sabes quién os controla como a autómatas, quienes definen vuestros movimientos y os insuflan esperanzas para mantenernos en movimiento. Son las Ideas quienes os rigen. Tómate un segundo para pensar en Ellas, en las Ideas, y te darás cuenta de que tengo razón, como Idea que soy.

Escúchame



¿Qué ocurre cuando tomas una elección? 1
Y es entonces cuando todo colapsa, una vez has elegido. Toda la potencialidad que la situación previa almacenaba se torna una realidad dinámica, y los hechos suceden a tu alrededor, impregnados de la pólvora que los hace estallar para ti. Tras ese segundo en que decides, mecanismos que nunca has sido capaz de dominar en modo alguno te empujan desde tu alrededor, hacia delante del compás que ellos marcan. Una vez tomada la decisión, engranajes de la realidad la estabilizan mediante poleas invisibles. Y ya no hay vuelta atrás. Todo acaba sucediendo como debe una vez has hecho tu elección. La mecánica se encarga de que sea así, y de evitar que puedas cambiarlo. Porque sólo hay una dirección, y es hacia delante.Por eso nos cuesta tanto elegir: porque no se puede volver hacia atrás.

EL COLAPSO DE LA PROBABILIDAD DE ONDA


Pies de mendigo 1
Supongo que nadie se dio cuenta porque, en realidad, nadie quería enterarse de lo que ocurría. Todos caminaban a su alrededor, a escasos centímetros, y nadie se paró ni un solo instante a verlo. Estoy convencido de que pasaron las horas y de que miles de personas anduvieron a tan sólo unos pasos. Todas apartando la mirada. Supongo que es eso lo que me molestaba de la situación. Eso y que no deja de suceder en todo el mundo. Ahora mismo se está repitiendo cientos, quizá miles de veces. Tal vez incluso más. No lo sé, supongo que es así como somos. Que es esto en lo que nos hemos convertido. Pero no dejo de darle vueltas. Podría aceptarlo, identificarnos a todos por igual. Que es esto y no otra cosa lo que se hace en estos casos. No mirar tus propios pies por si acaso observas algo que te desagrada. Fingir que no lo ves al mirar en esa dirección. Intentar demostrarse a uno mismo que no se ha mirado en esa dirección pese al hecho de que lo hiciste. Y no dejo de darle vueltas. Durante horas estuvo a la vista de una ciudad. Lo está ahora mismo en tantas otras ciudades, y tantas veces dentro de ellas. Y si te paras un segundo a mirar en cuánta gente puede ver este tipo de acontecimientos a lo largo de un día casi da tanta tristeza que te planteas incluso aspectos como: ¿Estoy rodeado de verdad de esta clase de personas? Recuerdo perfectamente ese día. Todo el día. Bajé tarde de mi casa, había dormido hasta bien entrado el mediodía, y me dolía un poco en la cabeza. Según salí del portal el sol me hizo cerrar los ojos con fuerza. Incluso se me escaparon unas lágrimas debido a la lumiosidad. Miré a la izquierda y bajé la calle. Llevaba los cascos puestos, y no había quedado con nadie. Salí, simplemente, a dar una vuelta antes de comer. Recuerdo que anduve durante horas sin rumbo, ensimismado dentro de mí mismo. No puedo dejar de dar vueltas al hecho de que todos hubiesen pasado, de que nada se pudiese haber hecho. Tanta tristeza condensada en forma de una pequeña manta. Era tarde cuando volví a casa, al final comí fuera, y regresaba justo cuando anochecía. Mi calle es una de las vías más grandes de la ciudad, y estaba atestada de gente. Pero había un cúmulo importante cerca de mi portal. Las luces de la ambulancia seguían girando naranjas como si pudiesen hacer retroceder el reloj. Como si girando lo suficientemente rápido la ambulancia tuviese algún sentido allí. Me abrí paso entre la gente. Estoy convencido de que muchas de aquellas personas habían pasado por aquella calle aquél día. Reconocí al tendero que tiene un establecimiento frente a mi casa. Y a la mujer que vigila los tiempos de los parquímetros. También había un barrendero, de esos que empujan los carros con cubos y van despejando de hojas las calles. […]

Ciegos a voluntad



Escena de Machinarium
Le dolían las manos y los ojos desde hacía días. Llevaba casi dos semanas aporreando el ordenador, en busca de algún premio huidizo que lo catapultase de inmediato a la fama. No, ni tan siquiera eso. Bastaba con que llegase dinero para pagar la luz. Antes, en los siglos anteriores, había sido mucho más sencillo escribir. Bastaba una pluma o un bolígrafo y un pedazo de papel. Una libreta o cartilla sobre la que esbozar una idea. Trazarla más que escribirla. Echaba de menos el tacto del papel. Y ahora iba demandando horas de ordenador en bibliotecas públicas, sin apenas dinero para pagar un poco de luz que lo mantuviese escribiendo. Antes habría sido tan fácil. Pero hacía pocos decenios que se había interesado por la escritura, y la luz subía tanto que apenas sí había podido salvarse. Quizá uno o dos más de cada millón habían podido huir de las minas de carbón donde se los explotaba como las criaturas de segunda clase que eran. Recordaba la humedad del ambiente, la falta de luz y aire. Los latigazos eléctricos contra su espalda, a modo del tick tack de la maquinaria que dependía de la energía que consiguiesen arrancar aquél día a la tierra. Hacía ya casi cinco años que ninguna mina estaba abierta. Ahora el Sol era su única fuente de energía, y el terreno en horizontal el bien más preciado. Y desde luego él no tenía ni para unos centímetros cuadrados de Sol. Vivía hacinado en un pequeño cubículo de poco más de dos metros de largo, en el tercer nivel de la ciudad, a casi quinientos metros de la superficie y del Sol. Seres como él no tenían derecho a la luz, a los pocos parques o al viento fresco. Y nada iba a cambiar de aquí a poco a menos que consiguiese concentrarse en la escritura. Las ideas. Las ideas eran lo único que ahora tenía algo de valor para pagar la tan preciada electricidad con la que vivir. Y sin la electricidad ya podía despedirse de este mundo. “Somos demasiados, ese es el problema.” Y claro que eran demasiados, y que él lo sabía. Por suerte lo sabía, dado que la mayoría permanecían inconscientes hasta que los hornos los devoraban para poder absorber el poco poder calorífico que contenían y poder así repartir la energía entre los pudientes. Se imaginó a sí mismo al Sol, con hectáreas de granjas solares para sí mismo. El paraíso. Y luego volvió a abrir los ojos para ver la pantalla a la más mínima potencia. No se podía gastar ni un ápice de luz. Toda ella contaba. Toda aquella sociedad respiraba Sol, ventilaba luz. Se nutría de ella como antaño lo hicieron las plantas de verdad. Las plantas que estaban vivas, no como las actuales. Aquellas plantas podían haber cambiado el curso de la historia. Podrían haber salvado a todo el mundo hacía mil años. Pero los humanos, en su estupidez, las extinguieron todas. Y de nuevo superpoblación. No, […]

METÁLICOS LATIDOS MECANOGRAFIADOS


Click en la imagen para leer lo que todos deberíamos tener interiorizado
Ambos rompieron el silencio inexistente entre ellos en el mismo instante de tiempo que la ciudad despertaba. La hilera de bombillas sobre ellos titiló y se apagó junto a las palabras inacabadas en boca de ambos la noche antes. Junto con las palabras que no acontecieron apareció, casi al unísono por parte de los dos, un abrazo que no pudieron darse. Sabían, los dos, que no debían acercarse el uno al otro, por el bien de él, que lo observaba todo como el resto de viandantes. Se imaginó si alguno de las personas que observaban en las ahora en penumbra aceras tenían lazos con alguien de aquellas gentes. Por los rostros apagados y los silencios contenidos supuso que no era el único, que todos tenían amados en el torrente de estrellas que bajaban la calle guardados por dos filas de esvásticas. Lágrimas fronterizas, a punto de brotar pero contenidas, esperaron estáticas el siguiente segundo, esperando caer para ser limpiadas. Y permanecieron quietas, en su sitio, mientras crecían con el salitre y agua que todos los ojos destilaban a la vez, contenidas con la tensión que les caracterizaba en el risco de sus ojos, asomadas a un futuro inevitable.

La cruz que se llevó las estrellas a otra parte