Despertar


Supongo que no era para nada necesario lanzarme con aquella moto a la piscina. Simplemente, ocurrió.

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Recuerdo que de pequeño siempre había tenido la inquietud de qué ocurriría si metes metal en el microondas. No pensaba hacerlo, por supuesto, ¡estaba prohibido! Y, además, todo el mundo sabía que era peligroso. ¿Por qué intentar algo peligroso? Durante muchos años tuve la espina clavada sobre aquello. ¿Qué ocurriría realmente? ¿Por qué no se podía meter metal en el microondas? ¿Por qué no puedes dejar la plancha enchufada? ¿Es verdad que llega a pudrirse la ropa en la lavadora? ¿Qué ocurre si no le cambio el aceite al motor? ¿Cuánto tarda la ropa en desintegrarse colgada al viento? ¿Existen razones para meter un tenedor en una tostadora en marcha? ¿Qué ocurre si comes sobre un hormiguero? ¿Puedes navegar por las calles dentro de un cubo de basura usando un remo? ¿Y por qué no voy a construir yo una catapulta?

Por supuesto, en aquél momento no pensaba en estas cosas, eso vino mucho después, durante los largos meses en el hospital. Oh, no os preocupéis, yo estaba bien. El problema eran las cinco costillas rotas, la pérdida de la pierna derecha por debajo de la rodilla y el pulmón perforado con infección. Pero yo estaba bien. Y durante mi corto vuelo en moto estuve mucho mejor. Estuve vivo por primera vez en muchos años.

Recuerdo las cientos de personas vitoreando mi nombre. No me conocían, no tenían ni idea de por qué gritaban mi nombre, yo no era famoso. Pensándolo en retrospectiva, el tipo sobre la moto podría haber sido cualquiera de aquellos tipos alcoholizados por la fiesta. Pero fui yo.

Recuerdo que, de pequeño, la idea de que algo explotase de manera violenta me hacía mucha gracia. Luego conocí a Victoria, mi mujer. Perdón, exmujer. A Victoria no le parecía nada gracioso que algo explotase, por lo que (durante un tiempo) a mí tampoco me lo pareció. Luego nació mi hijo, Súper, siempre jugaba con grandes camiones de pequeño, haciéndolos colisionar en el estruendo de grandes explosiones que Súper trataba de simular. Por supuesto Súper no se llama Súper, pero ya llegaremos a eso más adelante.

El caso es que a mi hijo le encantaba la violencia sin motivo y, cuando él alcanzó la edad de ocho años (una semana después de mi accidente) a mí la violencia y el caos comenzó a parecerme una gran idea de nuevo. Durante mi salto en moto, la idea de Súper destrozando camiones vino a mi mente antes de tocar el agua.

Victoria, la hermana mayor de Súper, que se llama igual que mi mujer (perdón, exmujer), me demuestra cada día que la violencia puede ser un medio de acción muy divertido. Nadie sabía de quién habían heredado aquella furia interna. No hace ni un mes que le rompió la mandíbula a un defensa que trataba de bloquearla. Ella respondió al bloqueo lanzándole el balón a la cara en una flagrante falta reglamentaria. Eso se lo enseñó Súper, quien con cinco años menos ha convertido lo que iba a ser una princesita de cuento en un animal motorizado. Victoria, Vicky, me gusta mucho más cuando le da patadas al balón y a otras personas. Y eso que el rugby nunca me ha gustado.

Pero yo estaba contando otra cosa. ¡Ah, sí! Durante aquél salto alcoholizado cientos de personas me miraban, y yo les hubiese respondido a todos y cada uno de ellos si la caída desde el trampolín hubiese durado más de un segundo. Al siguiente segundo, o al menos en el siguiente segundo que yo recuerdo, una infinidad de burbujas rojas ascendían del fondo de la piscina, y un dolor penetrante me apretaba el pecho.

Otros pocos segundos más tarde mi mujer, ahora exmujer, me miraba con los ojos enrojecidos.

Curiosamente, no conocía esa cara. Era la típica cara que pone una mujer cuando su marido pierde una pierna por lanzarse a la piscina en una moto. Pero yo no me había metido en problemas en los doce años de matrimonio que llevábamos por aquél entonces, y me sorprendió mucho ver aquella expresión entre triste y furiosa.

Quizá fueran las drogas de aquél momento, pero cuando la vi solo podía pensar en una única cosa.

―Cariño―conseguí decir con una sonrisa que hacía que mi saliva escapase por una de las comisuras.

―Estoy aquí, no te preocupes―Ella estaba llorando, sin duda preocupada por el idiota de su marido.

―No me preocupo. Pero dime que alguien lo tiene grabado.

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Capitulo 1. Despertar