Hacia donde la humanidad no ha ido (todavía)


Me gusta el espacio. Me gusta mucho la idea de qué ocurrirá cuando consigamos salir de este planeta de manera natural. Algo impensable para la ciencia de hace dos siglos, un reto hace cien años, una verdad en los últimos cincuenta y una necesidad futura.

No hablo de ir a la conquista de Marte como si fuese la conquista del Viejo Oeste, un planeta yermo en el que cultivar y terraformar en el que cada nave-colonia tomará unas cuantas miles de millones de hectáreas para su población. Hablo de tomar planetas completos mucho después de haber conseguido dominar este sistema solar. Hablo del cilindro de Rama como nave estándar de desplazamiento y de miles de mundos O´Neil diseminados por la galaxia por cada planeta conseguido.

Hace un tiempo hablé en mi blog de algo llamado la “esfera máxima de la exponente de la velocidad“, una esfera imaginaria que marca hasta dónde llegarías a lo largo de una vida en el espacio en función de la velocidad máxima que pudieses desarrollar. Sir George Edwards propuso, allá en 1958 ante la Royal Aeronautical Society la expresión “la exponente de la velocidad” como una unidad de medida de nuestra tecnología, de nuestro progreso y de nuestro conocimiento y, para algunos, sabiduría. Se toman para esta medida 12 horas, y se observa que, con los avances tecnológicos, cada vez llegamos más lejos en 12 horas: la doma del caballo, la mejora de las carreteras de la Revolución Industrial, los ferrocarriles, el avión, el motor a reacción y todos los avances dentro del mismo, por mencionar alguno de los hitos desde el caminar. La medida de esta exponente de la velocidad es, a todas luces, exponencial, tal y como su propio nombre indica. Esto significa que cada vez podemos ir más rápido en menos tiempo de investigación, lo que abre las puertas no solo a otros planetas y lunas del Sistema Solar, sino a otros sistemas solares y, en su momento, otras galaxias.

Pero el espacio, ese que me gusta tanto, está casi todo hueco en cierto sentido. Al menos en el sentido de planetas capaces de ser terraformados. Me explico: todo está tan sumamente lejos que, aunque estemos 1000 años dedicados únicamente a aumentar nuestra velocidad, no llegaríamos a otro Sistema Solar con planetas en menos de cinco, diez o más generaciones. Es decir, de un par de centenares a incluso miles de años. Y eso suponiendo que se sabe que a donde se va uno puede quedarse, algo que no podrá ser comprobado hasta que se esté propiamente allí.

Es ahí donde surgen las meganaves, por llamarles de algún modo. Naves-ciudad sería otro modo de llamarlas. Algo, por supuesto, a muchos cientos de años (o más) de nosotros. Estas gigantescas estructuras deben ser un pequeño hábitat humano y animal, así como terreno de cultivo, ciudad y campo para la generación de oxígeno. En esencia, una enorme lata lanzada al espacio sin demasiada capacidad de maniobra y que mantenga viva a una comunidad de muchos miles de personas durante, quizá, miles de años. Un problema que el escritor Arthur C. Clarke abordó con la novela Rama y sus posteriores continuaciones.

Rama es un enorme cilindro giratorio de ocho kilómetros de diámetro y cincuenta de altura que gira alrededor de su eje, generando gravedad artificial en su superficie interior. Esto es Rama:

5815_LFS_Astronaut_MainImage1_2000px1-965x643

 

movies-cant-get-made-rendezvous-with-rama__iphone_640

 

 

 

 

 

En este mundo de 1250 km cuadrados cabría todo el territorio de la ciudad de Nueva York multiplicado cuatro veces o una decena de ciudades más pequeñas rodeadas de campos de cultivo. La última adaptación cinematográfica del cilindro Rama aparece en la película Interestellar. La humanidad usa estos satélites artificiales para conseguir más espacio, o viajar más lejos.

Los cilindros de tipo Rama son alargados frente a los cilindros de tipo O´Neil, cuya forma recuerda un aro. Los jugadores del videojuego Halo sin duda conocen el Mundo Anillo, un cilindro de tipo O´Neil gigantesco:

 

84edf7897aae2e9f1e942a9aaacb7de0

elysium2

 

Sea como fuere el mundo construido para viajar más allá del Sistema Solar, la humanidad está cada vez más cerca de la construcción de las primeras grandes arcas. Quizá en menos de cinco siglos comenzaremos a volar hacia otras galaxias para llegar en un par de centenares de generaciones, estando muy lejos de lo que hemos sido hasta ahora.

El ser humano viaja dentro de una enorme esfera, una gran nave tan vasta que harían falta muchas vidas para recorrer todos los rincones. No obstante, las naves de tipo Rama u O´Neil sin lo suficientemente limitadas como para que todos sus habitantes sufran de claustrofobia prolongada. Imaginad, durante unos instantes, no poder salir de tu comunidad autónoma nunca porque no hay nada más allá. Los límites donde acaba, vuelve a empezar, y fuera solo existe el ruido mudo del espacio y la muerte.

Teniendo en cuenta viajes que durarán generaciones, ¿qué le hará eso a la mente humana? Un espacio cerrado en el que para que nazca un habitante ha de morir otro, con un control poblacional y de oficios minuciosamente calculado para un equilibrio óptimo. Esto significa que durante generaciones las personas no van a ser completamente libres, o al menos no tanto como lo son en la Tierra, lo que genera conflictos sociales sin precedentes.

En un entorno de limitación poblacional, con oficios que abarcan desde limpieza y mantenimiento a gobernabilidad, ¿quién no querría dedicarse a la política o a la gestión en vez de mancharse las manos? Aquí en la Tierra es relativamente fácil cambiar en una generación el oficio familiar, y aun así es complicado. Pero, ¿en un sistema cerrado? Este es un pequeño ejemplo de cómo deberían cambiar las sociedades errantes dentro de los cilindros, en los que una sociedad sin lazos familiares verticales sería prácticamente obligatoria si no se desea una estratificación del poder.

Un mundo sin padres y madres, y sin hijos. Este es tan solo una de las consecuencias de estos viajes, me pregunto cuántas otras habrá.