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Me gusta el espacio. Me gusta mucho la idea de qué ocurrirá cuando consigamos salir de este planeta de manera natural. Algo impensable para la ciencia de hace dos siglos, un reto hace cien años, una verdad en los últimos cincuenta y una necesidad futura. No hablo de ir a la conquista de Marte como si fuese la conquista del Viejo Oeste, un planeta yermo en el que cultivar y terraformar en el que cada nave-colonia tomará unas cuantas miles de millones de hectáreas para su población. Hablo de tomar planetas completos mucho después de haber conseguido dominar este sistema solar. Hablo del cilindro de Rama como nave estándar de desplazamiento y de miles de mundos O´Neil diseminados por la galaxia por cada planeta conseguido. Hace un tiempo hablé en mi blog de algo llamado la “esfera máxima de la exponente de la velocidad“, una esfera imaginaria que marca hasta dónde llegarías a lo largo de una vida en el espacio en función de la velocidad máxima que pudieses desarrollar. Sir George Edwards propuso, allá en 1958 ante la Royal Aeronautical Society la expresión “la exponente de la velocidad” como una unidad de medida de nuestra tecnología, de nuestro progreso y de nuestro conocimiento y, para algunos, sabiduría. Se toman para esta medida 12 horas, y se observa que, con los avances tecnológicos, cada vez llegamos más lejos en 12 horas: la doma del caballo, la mejora de las carreteras de la Revolución Industrial, los ferrocarriles, el avión, el motor a reacción y todos los avances dentro del mismo, por mencionar alguno de los hitos desde el caminar. La medida de esta exponente de la velocidad es, a todas luces, exponencial, tal y como su propio nombre indica. Esto significa que cada vez podemos ir más rápido en menos tiempo de investigación, lo que abre las puertas no solo a otros planetas y lunas del Sistema Solar, sino a otros sistemas solares y, en su momento, otras galaxias. Pero el espacio, ese que me gusta tanto, está casi todo hueco en cierto sentido. Al menos en el sentido de planetas capaces de ser terraformados. Me explico: todo está tan sumamente lejos que, aunque estemos 1000 años dedicados únicamente a aumentar nuestra velocidad, no llegaríamos a otro Sistema Solar con planetas en menos de cinco, diez o más generaciones. Es decir, de un par de centenares a incluso miles de años. Y eso suponiendo que se sabe que a donde se va uno puede quedarse, algo que no podrá ser comprobado hasta que se esté propiamente allí. Es ahí donde surgen las meganaves, por llamarles de algún modo. Naves-ciudad sería otro modo de llamarlas. Algo, por supuesto, a muchos cientos de años (o más) de nosotros. Estas gigantescas estructuras deben ser un pequeño hábitat humano y animal, así como terreno de cultivo, ciudad y campo para la generación de oxígeno. En esencia, una enorme lata lanzada al espacio sin demasiada capacidad de maniobra y que mantenga viva a una comunidad de […]

Hacia donde la humanidad no ha ido (todavía)


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¿Quieres conseguir la atención de un blogger? Quiérele. Quiérele todo lo que puedas. Quiérele hasta el acoso. Atácalos a todos con amor, que no puedan moverse de la de abrazos que reciban. Esta idea se me ocurrió después de saber que algunos políticos, para hacer campañas antes de las elecciones, se montaban en el metro. Mi plan, si veía alguno, era el de expulsarles del vagón con abrazos. Abrazarles hasta que la tensión les obligue a soltarme a la fuerza de sus guardaespaldas, obligarles a montar una escenita. Quererles hasta echarles del transporte público al que no volverían hasta pasados cuatro años. Luego, le di una vuelta a la idea. El mundo empresarial se ha construido con la violencia salvaje del crecimiento moderno y, desde la Compañía de las Indias Orientales, los jefes han sido más bien unos capullos. Si estaba por encima que tú, era porque era agresivo y porque se había ido cargando a la competencia. A veces de manera literal. No sin razón, los jefes están ahí por ser no los más inteligentes, sino los más violentos de la pirámide. Es esa violencia la que los ha hecho subir durante el siglo pasado. Pero algo ocurre en el siglo presente. Aunque las antiguas estructuras de mando siguen vivas, se van desmoronando poco a poco, y cada vez más las empresas colaborativas (no las agresivas) consiguen mejores resultados. Este fue mi punto de partida para tratar de escribir para quien yo considero uno de los grandes. Ese tipo es Carlos Bravo. En alguna ocasión me han dicho “¿Cómo es que has conseguido trabajar con él?”. Muy fácil: por abrasión. Es el modo en que ligo y en el que consigo el resto de logros. Ligar por abrasión, por pesado Cuando las apuestas no están contigo, ligar puede ser difícil, y necesitas algo parecido a una estrategia. Inclusive aunque no la llames así. Yo ligo por abrasión. Si se me quiere, en cualquier entorno, es por haber sido un auténtico pesado. Eso que dicen de “Quien la sigue, la consigue” y de que “El 90% por ciento del éxito está en la constancia” es cierto, así como “El roce hace el cariño”. Lo secundo completamente. Y funciona con todo. Tengo el trabajo que tengo ahora porque, cuando me llamaron para saber quién era yo, devolví la llamada cada semana, en ocasiones varios días, para saber cómo estaba la candidatura. “Lo estamos barajando” “Ya te llamaremos” “Consideramos tu propuesta” ¿Te suena? A mí sí. Yo he estado ahí. Es lo mismo que me dijeron en ING. Gracias por su email, le mantendremos informado. Y yo les mantuve informados a ellos. Durante dos meses envié correos en cadena (respondiéndome a mí mismo para que viesen el esfuerzo) una vez cada pocos días. En todos los correos alababa el banco, su espíritu, las ventajas que ofrecía. Una situación más fácil la tuve con el ya mencionado Carlos Bravo (a quien por cierto tengo que enviar algún artículo que otro). Me voy retrasando, […]

Ligar por abrasión



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Hace tiempo escuché que los tiburones nadan incluso dormidos. El por qué resultó del todo convincente para mí: respiran por las agallas laterales y si se paran dejan de filtrar el agua con oxígeno. Aquello resultó toda una revelación, aun a pesar de no ser del todo cierto, ya que existen estudios que demuestran precisamente lo contrario. La verdad es que tan solo unas cuantas especies tienen que seguir en movimiento perpetuo. Pero la idea me gustó.   El tiburón lleva sobre este planeta 450 millones de años y, además, gran número de ellos no han dejado de nadar desde que nacen hasta que mueren. Miles de millones de tiburones en perpetuo movimiento desde hace 450 millones de años. Me hizo pensar en qué ocurriría si hubiesen podido dormir parados. ¿Habría cambiado algo eso en su evolución? ¿Seguirían vivos o serían una especie extinta? Luego, durante muchos años, olvidé el concepto. Hasta hace unos días, hablando del mundo blogger. Hace un par de días escribí este artículo y mi mente lo enlazó directamente al concepto del mecanismo del tiburón. Si dejas de escribir, te hundes. Como blogger, escucho cada semana el silencio que dejan otros compañeros de profesión al dejar sus nichos-web. Cuando un blogger deja de escribir, no hace ruido. Simplemente, desaparece. Si deja de escribir, se hundes. Eso es lo que les ocurre a muchos bloggers, cuyo modelo de negocio es la creación constante de contenido para promocionar otras ventas, al igual que yo promociono mi libro en este espacio. Es muy posible que si dejo de escribir las ventas disminuyan mucho, ya que gran parte de las ventas vienen desde este blog. Como yo, gran parte de los bloggers se ven obligados (tanto si les gusta como si no) a seguir produciendo material para que el que tenían de antes no se pierda en la red y sucumba  a la subducción informática. Para ello, seguimos nadando, seguimos produciendo material para seguir respirando oxígeno monetizado. Y contribuimos, por supuesto, a aumentar la profundidad de Internet.

El mecanismo del tiburón


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La ampliación del umwelt de aquél joven estaba basada en el mapeo tridimensional por ondas. Y gracias a eso iba a salvar catorce vidas hoy. El pequeño emisor electroacústico de su espalda, a modo de mochila, lanzaba pulsaciones esféricas constantes que avanzaban en frecuencia en un amplio rango cada pocos segundos. Las ondas ultrasónicas barrían el espacio a lo largo de su avance, rebotaban en los objetos y volvían hacia aquél muchacho ciego, donde los transductores implantados a lo largo de todo su sistema óseo recibían la información y la amplificaban, haciendo vibrar ligeramente los huesos. Estas vibraciones eran percibidas por los músculos, quienes enviaban los impulsos al cerebro. Y hasta ahí la magia de la ciencia. El resto era trabajo del cerebro, quien se adaptaba a cualquier tipo de impulso eléctrico para conformar la realidad. Habían pasado años para que la imagen del barrido tridimensional fuese interpretada al detalle por el cerebro de Izan, que con tan solo diez años se había quedado completamente ciego. Fue entonces cuando las primeras ampliaciones de umwelt, de la mano del doctor Eagleman, permitieron que los ciegos volviesen a ver parte de la realidad perdida a través de la sustitución sensorial. Izan, de quince años ahora, había recibido desde hacía un año una formación especial desde que se dieron cuenta de los usos de sus nuevas capacidades. Desde entonces se había incorporado e integrado a la perfección en el equipo de zapadores, que seguían sus instrucciones sin una sola queja. Izan comenzó a explicar la situación al jefe de ingenieros mientras el resto de técnicos se reunían a su alrededor. Él los detectaba como espacios tridimensionales ocupados por una sustancia blanda. Lo suficiente como para que las ondas la atravesasen lentamente. En el edificio derruido, de siete plantas que incluían tres de garaje, había catorce personas. Izan podía ver el edificio bajo sus pies. Seis de ellos se movían ligeramente entre los cascotes en los pisos dos y tres, pero el resto apenas sí respiraban con dificultad. Izan señaló los tres puntos de extracción sobre los que se tendría que empezar a trabajar para alcanzar primero a aquellos que parecían más débiles debido a los movimientos de sus cajas torácicas. Podía leer e interpretar sin problema variaciones de unos pocos centímetros en un radio de más de veinte metros, y cinco de los cuerpos que visualizaba estaban completamente quietos desde que había comenzado a emitir hacía tres minutos. Probablemente estuviesen ya muertos. Los zapadores comenzaron a cavar en los puntos dos y tres con maquinaria pesada, debido a que en esos puntos las personas se encontraban a mayor profundidad, junto a las salidas E y F el parking derrumbado. Pero en el primer punto, diez personas paleaban y levantaban cascotes con las manos. Izan sentía cómo la respiración de aquella mujer, a dos metros por debajo de ellos, se volvía lenta e inconstante. De vez en cuando, su pecho se sacudía. Tosiendo, interpretaba Izan, en un esfuerzo por respirar. Izan realizó el cálculo […]

Umwelt



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Supongo que no era para nada necesario lanzarme con aquella moto a la piscina. Simplemente, ocurrió. Recuerdo que de pequeño siempre había tenido la inquietud de qué ocurriría si metes metal en el microondas. No pensaba hacerlo, por supuesto, ¡estaba prohibido! Y, además, todo el mundo sabía que era peligroso. ¿Por qué intentar algo peligroso? Durante muchos años tuve la espina clavada sobre aquello. ¿Qué ocurriría realmente? ¿Por qué no se podía meter metal en el microondas? ¿Por qué no puedes dejar la plancha enchufada? ¿Es verdad que llega a pudrirse la ropa en la lavadora? ¿Qué ocurre si no le cambio el aceite al motor? ¿Cuánto tarda la ropa en desintegrarse colgada al viento? ¿Existen razones para meter un tenedor en una tostadora en marcha? ¿Qué ocurre si comes sobre un hormiguero? ¿Puedes navegar por las calles dentro de un cubo de basura usando un remo? ¿Y por qué no voy a construir yo una catapulta? Por supuesto, en aquél momento no pensaba en estas cosas, eso vino mucho después, durante los largos meses en el hospital. Oh, no os preocupéis, yo estaba bien. El problema eran las cinco costillas rotas, la pérdida de la pierna derecha por debajo de la rodilla y el pulmón perforado con infección. Pero yo estaba bien. Y durante mi corto vuelo en moto estuve mucho mejor. Estuve vivo por primera vez en muchos años. Recuerdo las cientos de personas vitoreando mi nombre. No me conocían, no tenían ni idea de por qué gritaban mi nombre, yo no era famoso. Pensándolo en retrospectiva, el tipo sobre la moto podría haber sido cualquiera de aquellos tipos alcoholizados por la fiesta. Pero fui yo. Recuerdo que, de pequeño, la idea de que algo explotase de manera violenta me hacía mucha gracia. Luego conocí a Victoria, mi mujer. Perdón, exmujer. A Victoria no le parecía nada gracioso que algo explotase, por lo que (durante un tiempo) a mí tampoco me lo pareció. Luego nació mi hijo, Súper, siempre jugaba con grandes camiones de pequeño, haciéndolos colisionar en el estruendo de grandes explosiones que Súper trataba de simular. Por supuesto Súper no se llama Súper, pero ya llegaremos a eso más adelante. El caso es que a mi hijo le encantaba la violencia sin motivo y, cuando él alcanzó la edad de ocho años (una semana después de mi accidente) a mí la violencia y el caos comenzó a parecerme una gran idea de nuevo. Durante mi salto en moto, la idea de Súper destrozando camiones vino a mi mente antes de tocar el agua. Victoria, la hermana mayor de Súper, que se llama igual que mi mujer (perdón, exmujer), me demuestra cada día que la violencia puede ser un medio de acción muy divertido. Nadie sabía de quién habían heredado aquella furia interna. No hace ni un mes que le rompió la mandíbula a un defensa que trataba de bloquearla. Ella respondió al bloqueo lanzándole el balón a la cara en una flagrante falta reglamentaria. Eso se […]

Despertar


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Le siguen de cerca 150 millones de otros bebés quienes, montados sin saberlo en una bola de hierro, oxígeno, silicio y magnesio que viaja a 108.000 km/h en el espacio vacío. Si cualquiera de ellos saca sus pequeñas extremidades del planeta en el que viajan, morirían en el vacío del espacio. Sin embargo, ¡ninguno de ellos es un héroe! Esto ocurre porque tendemos a relativizarlo todo bastante. Si alguien hace algo que otro puede hacer, no es tan importante como que el que haga algo de lo que la mayoría de nosotros no somos ni medianamente capaces. Como, por ejemplo, salir de la Tierra y volver. Hasta el día de hoy, todo un reto. Retos pasados Pero no olvidemos lo que hace dos mil años era un reto. En esa época, salir de tu continente era una completa locura. Solo unos pocos, soldados o comerciantes, se lo planteaban siquiera. Y apenas unos pocos lo llegaron a conseguir. Hace no más de 150 años, volar era considerado una proeza imposible. Poco tiempo después demostramos que no solo era posible volar, sino que cualquiera de nivel económico medio podría costearse este tipo de transporte. Dentro de un siglo volar será tan barato como lo es ahora coger el coche, y existirán abonos de viajero a nivel nacional o internacional a bajo coste. Pero nadie se plantea que lo que existe ahora fuese imposible hace tiempo, todos pensamos en los objetos que nos rodean como figuras estáticas que han estado siempre aquí para ayudarnos a vivir. Ya nuestros hijos nacen creyendo que Internet ha estado siempre ahí, al igual que tú consideras que la televisión ha existido desde el minuto uno del universo, y tus padres piensan en la electricidad como algo inmutable. Lo cierto es que para cada uno de estos ítems han sido necesarios 2.000 años de historia, muchas guerras y científicos que han luchado más contra sus propios estados que contra los estados rivales. Retos futuros Quizá no ocurra hasta dentro de cien, doscientos o mil años, pero en algún momento seremos capaces de costearnos el viaje Tierra-Marte y vuelta a bajo coste, quizá 1.000 euros de ahora, como cuando en estos momentos viajamos a través del Atlántico por el coste de 30 días de trabajo. El proyecto Mars One lanzará en poco tiempo los primeros habitantes de Marte. Quién sabe si tendrán éxito o si esto será calificada dentro de 200 años como una tentativa absurda de la humanidad de aquél entonces (nosotros). No deja de resultar curioso que la comunidad científica haya predicho que el proyecto no saldrá adelante, pero la comunidad científica, a juzgar por las situaciones previas, no tiene mucha validez. Aunque haya cambiado su núcleo interno, la comunidad científica predijo, entre otras cosas: que el átomo no podía ser dividido, que nunca podríamos volar, que no se podía salir de la Tierra, que la energía eólica era una solemne estupidez, que el teléfono era absurdo, que la televisión no tendría ningún futuro, que las tablets […]

Un bebé consigue dar una vuelta alrededor del Sol



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Los trolls son criaturas mitológicas que, gracias a la llegada de Internet, se volvieron reales. Un troll, dentro de Internet, es ese tipo de persona capaz de comentar en tu blog solo para llamar la atención sobre una falta de hortografía. Alguien que comenta por el mero hecho de echarte algo en cara, generalmente un defecto. Y es en ese preciso punto en el que hace falta un troll de vez en cuando, y por lo que te animo a contratar un troll. Los blogueros tenemos muchos defectos: ego, falta de autocrítica, autocrítica en exceso, exceso de barba, barba,… Uno de los grandes defectos es no querer ver nuestros errores en los artículos, pensar que son perfectos. Por ejemplo, información incorrecta, faltas de ortografía, incongruencias en el desarrollo del post,… ¿Malditos trolls o benditos trolls? Los trolls han sido, desde que aparecieron, mirados con malos ojos. Después de todo eran criaturas incorrectas que, sin invitación, entraban a tu blog o web a jugar y hacer de las suyas. Es por eso que se les puso ese nombre tan apropiado. Los trolls, al parecer, no solo no son útiles, sino que además incordian. Pero, ¿esto es así? Lo que no parecemos apreciar es que un troll siempre trae tráfico a nuestra web, y siempre y cuando haya un número bajo de trolls por web, no habrá problema. Piénsalo de este modo. Un troll viene a tu web (genera +1 visita y es posible que hasta un +1 un en tu publicidad). Quizá lea del todo, o no, tu contenido, pero lo que está claro es que un troll siempre es un potencial lector converso. Hoy en día es muy difícil que nos despertemos y digamos “soy católico, o budista, o patólico” habiéndonos acostados agnósticos. Si nos convertimos a una fe, a un credo, o a un blog, es porque hay estímulos que nos llevan hasta la línea de suscripción. Lo que seguro que hará el troll es comentar tu blog, dejando un +1 en comentarios, lo que no suele venir nada mal a la hora de hacer que otras personas comenten. Mucha gente solo comenta en blogs en los que ya hay comentarios, ya que existe cierta reticencia a ser el primero que habla. Si, además de haber un comentario, hay un comentario estúpido, se vuelve más fácil comentar para el siguiente, que verá su comentario muy por encima del troll. Volviendo al punto inicial del artículo, un troll suele señalar los defectos, que es mucho más de lo que harán muchos lectores cuyas quejas silenciosas nunca nos ayudan. El troll está haciendo por ti lo que no hacen tus seguidores más acérrimos: ver las flaquezas. ¿Cómo piensas mejorar si no sabes qué mejorar? Agradéceselo a tu troll. Claro, siempre existen blogs para ayudarnos con la redacción como  la experiencia de Rosa Morel, pero tenemos que ir a buscarla. Si eres más vago que eso, entonces cuida a tus trolls. Un troll, además, es un coach perfecto. Siempre impasible, siempre esperando poder tocarte las pelotas. Como […]

Contrata un troll


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Si recoges la caca de tu perro cuando lo paseas por la calle, aunque no lo sepas, estás jugando con todo el futuro de la especie humana. La probabildad es baja, pero podrías estar a punto de desencadenar nuestra extinción masiva, lo que pasa que, para entenderlo, quizás tendrías que analizar los hechos desde otra perspectiva, que es lo que precisamente plantea este blog. ¿Por qué exopolítica? Porque si lo hubiera titulado El punto de cruz y la caca de perro, no habría quedado tan exótico, y sí un poco más asquerosillo. Y, aparte, porque la exopolítica es el cuerpo de estudio que se encarga de las relaciones políticas entre posibles entes alienígenas y la humanidad en el caso de que hubiera un contacto, y de  cómo afectaría a nuestra estructura social, etc. Si al final el alien y el humano intiman, supongo que ya entraríamos en el campo de la exosexología, si es que tal cosa existe. Nunca había leído una palabra con tantas x juntas. ¿Es la exosexología una alienfilia? ¿Tiene algo que ver con el shokushu goukan? Por desgracia, estas preguntas escapan al objetivo de este análisis, que de seguir por esos derroteros podría devenir en una anal-lisis, o rotura anal, para que nos entendamos. Dejando el pensamiento encadenado, no ya lateral, sino trasero, retomemos la cuestión de porqué si recoges la caca de tu perro con una bolsita podrías estar desencadenando el fin de la raza humana. It’s the end of the world as we kinow it por una caca de perro ​ Llegué a esta terrible conclusión gracias a mi amigo Macoco G. M., que me hizo reinterpretar un hecho tan simple como la concesión al civismo que supone recoger las deyecciones del cánido al que amas y al que nombras como tu mascota. Imagínate que un alienígena baja a la tierra intentado establecer contacto con la especie dominante, y te encuentra recogiendo la caca de tu perro. El pensamiento lógico, aunque a priori no lo parezca, sería concluir que la especie dominante es el perro, y que el humano, que está recogiendo su mierda, es el sirviente, al que se encargan las tareas más denigrantes. En este contexto, la correa podría ser interpretada como un artilugio de dominio mental. ¿Qué otra razón podría haber si no para que alguien lleve a cabo tan repugnante tarea? Llevado por esta conclusión nada desdeñable, podría darse el caso de que el alienígnena se acercara a parlamentar con la especie dominante del planeta, o sea, el perro. Dependiendo de la sociabilidad de tu perro, podría pasar que: a) el perro le ladrara. b) el perro le lamiera. c) el perro le mordiera. d) el perro le oliera el culo. Como ves, con un 75% de probabilidad se daría una respuesta por parte del perro hacia el extraterrestre que podría dar lugar a a una crisis diplomática de magnitud intergaláctica de dos pares de cojones, pudiendo el marciano mostrarse indignado u/y ofendido, declarando así su especie la guerra a nuestro […]

La exopolítica y la caca de perro



Objetos angustiados 2
No puedo evitar percibir la angustia y el nivel de estrés que nos rodea, nos abraza, nos lleva al trabajo o nos abriga. No puedo dejar de ver el origen de todo, como una capa subyacente de realidad en forma de una ola de gritos y reuniones fracasadas, de objetivos no alcanzados y despidos improcedentes. Tú también lo tienes delante Mira a tu alrededor. Observa bien. Cuando alguien nos pide que hagamos eso, deslizamos los ojos sobre la realidad, saltando de un objeto a otro y sin prestar atención real a ninguno de ellos. Puede que durante este visionado parcial reparemos en algún objeto más que antes no habíamos visto, pero no pasaremos de ahí. No obstante voy a pedirte que elijas un objeto. El que tú quieras. Puede ser desde el caucho de un neumático a una pieza de ropa. En realidad, no importa. Yo he elegido, por estar escribiéndolo en el metro, esas barras ligeramente dobladas que hacen de apoyo vertical en los extremos de los asientos del metro. Se trata de barras de dos tramos que forman una T deforme, en la que el segmento corto es perpendicular al largo y apoya en la pared. El largo, a su vez, apoya en el techo y en los asientos. En la imagen del artículo, es la barra roja. Los agentes angustiados Ahora analiza el proceso de diseño y fabricación. O el de entrega del material. Para que ese objeto que has elegido se encuentre donde está, alguien ha tenido, en principio, que demandarlo. Alguien ha sentido la necesidad de tenerlo, y es muy probable que el objeto como tal no existiese antes. Por ejemplo, mi barra fue diseñada in expreso para un tipo de vagón de metro específico, y no existía antes de su necesidad. En función del tipo de objeto, la persona que lo requiere tendrá mayor o menor nivel de estrés por conseguirlo. Puedo ver al proyectista del objeto llevándose las manos a la cabeza porque esta barra vertical es la última pieza del tres a colocar y le están metiendo prisa. En la calle, los ciudadanos reclaman un mejor servicio de metro, y nuevos vagones. El gerente de la línea siente esa angustia y presión y se la traslada al fabricante, que a su vez se la lleva al calculista y diseñador. Este tiene que asegurarse de que la barra cumple por cargas y esfuerzos, y de que no se romperá bajo la presión y golpes continuos de los viajeros. Además tiene que hacerla bonita, segura a nivel de PRL, barata, montable y transportable. Tiene que hablar con el proveedor de metal y con quien la pintará para tenerla en un plazo y unas condiciones económicas aceptables para ser rentable y competitivo. La cadena Pero cada uno de los proveedores de esta barra vertical tienen sus propios plazos, precios y objetivos. Sus propios jefes, proyectos y presiones. El entramado industrial no es más que ondas de sofocante presión por teléfono, email y cara a cara […]

Objetos angustiados


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Para lo bueno y para lo malo. Estamos tan acostumbrados a la explotación que, cuando digo que yo no tengo horario, me dan el pésame. En realidad, creo sinceramente que sin horario es como realmente se rinde. No creo que trabajar a la espera de que el reloj marque las seis de la tarde sea saludable para la mente. Todo el tiempo pendientes del reloj no puede ser bueno a largo plazo. Tengo una alarma a las seis de la tarde porque, sinceramente, ésta hora llega mucho antes de lo esperado. El día se me pasa volando. Por qué no tengo horario Bueno, vayamos por partes. Tenerlo, lo tengo. Técnicamente, según contrato y a nivel legal, se supone que estoy haciendo 40 horas semanales. Es lógico que esté reglado en algún sitio, y ese sitio es el contrato. Otra cosa es que se le haga caso. En mi trabajo nos pasamos las horas del contrato por ahí. ¿De qué sirve hacer 40 horas si la mitad estás ocioso? ¿Para qué ir a trabajar si no hay trabajo? ¿Por qué fingir que producimos cuando no lo hacemos? ¿Tiene sentido sentarse en una silla a mirar el periódico? Desde hace un mes, trabajo en una nueva ingeniería. Una con biblioteca. Y quizá sea por los libros que las condiciones tienen más sentido que trabajar 8 horas diarias. Además de una biblioteca hay café gratis, no tenemos horario de entrada o salida y nadie te mira mal si te vas un par de horas antes a casa. Nos hemos acostumbrado a una pésima cultura laboral en la que si entras el primero y sales el último eres mejor trabajador que quien más rinde. Hemos dado más importancia al horario que al trabajo en sí mismo, quizá porque su valoración es más sencilla. Motivación Pero a mí de nada me serviría llegar al trabajo a las 8:30h y salir cada día a las 18:00h. De seguro me acabaría aburriendo o estresando. El 90% de los días en mi empresa no tienen 8-9 horas de trabajo. O tienen más o tienen menos. Y exprimimos las horas al máximo. Las horas que estamos allí, trabajamos como si no hubiera mañana. Es por ello que no hay horario de entrada o salida. Los tres primeros días que estuve en la empresa ni siquiera fui. ¿Para qué? La persona encargada de explicarme los proyectos estaba de viaje. “Aunque sé que te incorporas el miércoles y sea ese el día en que gestionemos tu alta, prefiero que empieces a trabajar el lunes siguiente” Leer ese SMS de tu futuro jefe motiva. Motiva mucho. Motiva lo suficiente como para querer ir a trabajar y sacar todo el partido a tu día. E incluso a hacer horas extra. ¿Qué son un par de horas extra a la semana cuando ya me han regalado cuatro días desde que estoy allí? Y llevo un mes. Cuatro días regalados (que no cuentan de las vacaciones) en un mes. El por qué. La honradez Es […]

Yo no tengo horario



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Siempre me ha gustado el rol, en cualquier tipo de entorno y juego. Me encanta el tener un personaje que desarrollar, a quien incrementar una serie de parámetros y hacerlo más fuerte, más rápido, más inteligente. Aumentar su capacidad de producción, por ejemplo, es una constante en juegos como Minecraft. Pero, cuando tienes varios trabajos y proyectos y te planteas tener alguno más, ya no hay tiempo para jugar a videojuegos o juegos de mesa. Se puede jugar a trabajar, por supuesto, que es lo que hago continuamente. Pero ya no hay tiempo para según qué cosas, y yo eliminé los juegos de la lista de preferencias hace mucho tiempo. Pero, como contrapartida, me he convertido en mi propio personaje de rol. Por algún motivo, nos es más fácil mejorar un personaje informático en vez de a nosotros mismos. Posiblemente porque cuesta demasiado mejorarnos, y es muy fácil sentarse delante de un ordenador o una consola. Pero, como pronto querré demostrar en Zen*Guerrilla, el camino difícil es el más divertido. Y, por eso, voy a mejorarme a mí mismo poco a poco en varios puntos (de momento). Parámetros físicos El tener una infinidad de tareas muchas veces redunda en una falta de tiempo para el ejercicio. Por supuesto que siempre hay algún hueco, pero sueles estar agotado. Es por eso que pensé en cómo orientar el ejercicio como un juego de rol, y descubrí que en estos juegos siempre hay un parámetro común: la experiencia. La experiencia es aquello que hace que tu personaje mejore. La experiencia, en el deporte, puede ser algo tan sencillo como los pasos que das o los escalones que subes. Es por eso que, desde hace varios meses, no uso las escaleras mecánicas, y ando siempre que puedo. Además, he tomado las siguientes formas de moverme: Si puedo ir andando en vez de en transporte público, voy andando. Si puedo subir las escaleras a pie en vez de en ascensor o por las escaleras mecánicas, subo a pie. Cada paso, cada escalón, me mejora un poco. He contado la friolera de 200 escalones diarios en un día normal, que se doblan o triplican en fin de semana. Suponiendo tramos de 30 escalones por piso, estamos hablando de 6  o 12 pisos. Este ejercicio será la base obligatoria de trabajo. Capacidad de producción Algo común a todos los juegos es el aumento de la capacidad de producción del personaje. Todo aquello de ganar cada vez más monedas de oro por combate. ¿Os suena? Hasta hace no demasiado, buscaba algún método aplicable en la vida real que me diese algo similar, y lo he encontrado. Se llaman ingresos pasivos. Un ejemplo de ello es mi primer libro, cuya segunda edición (con una nueva portada) sale hoy. Un libro es un sistema de ingresos pasivos porque, una vez escrito, no requiere demasiado trabajo. Prácticamente, no requiere ninguno. Amazon hace todo el trabajo por mí, y yo no tengo que hacer nada. Se trata de un sistema magnífico. Cada […]

Soy mi propio personaje de rol


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Un easter egg (o “huevo de pascua”) se define como un mensaje o capacidad oculta dentro de un videojuego o película. Seguro que os suena de algo cuando, jugando al Super Mario Land, saltabais y descubríais un “truco”. Estos trucos han sido colocados previamente por los programadores para ser descubiertos. Se trata de acciones intencionadas, no de fallos del juego. Llevar a la realidad “errores intencionados” es bastante complejo teniendo en cuenta que nadie sabe en qué código o sistema operativo funciona el universo. Pero gracias a la interacción del mundo virtual y el mundo “real”, van saliendo fisuras por las que colarnos y conseguir items gratis. Este artículo trata la última cagada de Mc Donalds, gracias a la cuál podemos conseguir todos los McFlurry’s que queramos, gratis. Y nos los servirá, sonriendo, el mismo personal de McDonalds. El easter egg surge en la plataforma web de su aplicación, donde, tan solo con registrarnos, nos regalan un McFlurry. ¡Qué bién, un McFlurry gratis! Y todos los que quieras. No se sabe si ha sido un fallo de programación, una consecuencia no prevista o un sabotaje interno, pero el caso es que gracias a esta App podremos conseguir todos los McFlurry’s gratis que queramos. Esto es gracias a que la App define “usuario” como “email”, de manera que una persona que tenga 1.000 emails distintos tiene acceso a….¡SÍ! ¡¡1.000 Mc Flurrys! Aquí las instrucciones: Ve a tu market (Google Play, Apple Store,…) y bájate la aplicación “Mc Donald’s España“ Abre en un navegador la web “10 Minute Mail“. Esta web nos proveerá de un email que solo durará 10 minutos, tiempo más que de sobra para nuestros fines eggsterianos. Copia el email que aparece en pantalla y, sin cerrar la web, abre la aplicación de Mc Donald’s. Regístrate con tu email de 10 minutos en la App. Ve al navegador, a la página abierta con nuestro mail de 10 minutos, y abre el correo que te han mandado desde McDonalds. Confirma que eres tú en el link de dentro del mail. Ya puedes cerrar el navegador. Vuelve a la aplicación y ve a la sección de ofertas. Ya tienes tu McFlurry gratis. Ve a cualquier McDonald’s para que te expliquen cómo recibir tu McFlurry. Una vez consumido, ve a la App y borra el usuario. Repite las instrucciones cada vez que te apetezca tomarte un helado. Gracias, programadores de McDonalds, aunque me decanto por que la directiva ha tenido algo que ver. NOTA: la promoción solo está hasta el 31 de julio de 2015, en Madrid

Mc Flurry’s infinitos: un easter egg en la vida real