Empresa


google business 4
Vivo en España (sorpresa, sorpresa) y aquí el deporte nacional no es el fútbol o Telecinco, como malpiensan algunos en un error garrafal. El deporte nacional es la burocracia, quizá uno de los peores inventos franceses, justo detrás del francés. España es el lugar del “Vuelva usted mañana” de Mariano José de Larra y del “lo siento, estamos cerrados”. Del “fuera de servicio”, del “es en la otra ventanilla” o en el otro piso, edificio, país o planeta. La burocracia se suponía que ayudaría a la humanidad, que elevaría su civismo y su control sobre los hechos,  cuando lo único útil que ha hecho hasta ahora es provocar con bastante acierto y éxito sin parangón úlceras estomacales. Quiero montar una empresa Para montar una empresa en España necesitas, más que otra cosa, paciencia. Te dirán que necesitas dinero, gente capacitada y una idea. No. Lo que necesitas es una paciencia brutal y un sentido de la templanza que eviten arrancarle la cabeza a la tercera persona que te diga “No, se ha equivocado, este es un impreso que no corresponde a lo que usted quiere hacer. No estoy capacitado para decirle lo que necesita”. Desde hace tiempo me interesa mucho montar mi propia empresa, pero barreras burocráticas y fiscales me lo impiden. ¿Pagar del orden de 300 euros fijos solo por existir? Imposible de mantener a mi escala. ¿Y si montar una empresa fuese como abrir una cuenta en Google? Te bajas una App, Google Business, en tu teléfono o abres el navegador, por ejemplo, por business.google.com, y accederías al siguiente menú. Un menú que solo necesita saber quién eres (ya enlazado mediante una cuenta de Google), el nombre de la empresa, la cuenta inicial desde la que se ingresará el primer dinero, el logo y poco más. En el caso de que se necesite algo más, un emergente bloqueador aparecerá en la pantalla, a lo “Ups, parece que falta el DNI del fundador”. Pero sin más trauma que teclear o realizar una fotografía sobre el documento de identidad. Por supuesto, la responsabilidad legal de abrir una empresa es la que hace que la actual burocracia sea tan lenta, inexpresiva, implacable y, en muchos casos, absurda. La política de cubrirse el culo por si algo sale mal está haciendo añicos el trabajo en este país, donde no se puede mover un dedo sin que alguien te pida “firma ahí”. Pero abrir una empresa debería ser lo fácil, y cerrarla lo difícil (impagos, deudas, trabajadores,…). Curiosamente, es más fácil cerrar y decir “hasta luego” que constituirse como sociedad. Una App como esta podría no solo dar el empujón a los emprendedores, sino bloquear el cierre de empresas que no pagan a sus empleados o que tienen deudas con un “Ups, parece que tiene usted deudas con sus empleados o proveedores. Por favor, compruebe sus cuentas e inténtelo de nuevo más tarde”. Sería genial que Google se pelease con el Estado Español para que éste último deje de ser tan tocapelotas en materia de […]

Google Business: App para crear tu empresa en 5 minutos


Tus proyectos no van a realizarse por sí mismos 8
Esto es un hecho. Que nadie lo tenga a error: tus proyectos no van a realizarse por sí mismos. No van a empezar un lunes cualquiera ellos solos a llamar a gente, a levantar un negocio, a arreglarte la casa. Dicho de otro modo: si quieres hacer algo, hazlo tú mismo. Porque nadie más lo va a hacer por ti. Hace unos días discutíamos en mi trabajo sobre el egoísmo, sobre si es una cualidad innata del ser humano o por el contrario es una elección. Yo, por mi experiencia, me he dado cuenta de que si bien podemos comportarnos de un modo no egoísta, la mayoría de las personas van a lo suyo: no ayudan, no colaboran, no quieren trabajar juntos y desde luego no van a pensar por ti si no sacan algo de provecho. En parte es lógico: si alguien invierte su tiempo en una actividad querrá algún tipo de compensación como contrapartida. Ya sea económica o de otro tipo, lo ideal es que si alguien trabaja de algún modo para otro reciba algo a cambio. Aunque sea un refresco por ayudar en una mudanza.

Tus proyectos no van a realizarse por sí mismos



suicide
¿Que no quieres ser rico? Ah, pues nada, cierra esta ventana y sigue con tu vida. Pero yo que tú seguiría leyendo, y no porque sea el autor, sino porque creo en el contenido y, porque, en el fondo, se que alguna de las empresas que se monten a lo largo de tu vida me mantendrán la pensión. Egoísmo en estado puro. En España tenemos un problema bastante grave: si una persona monta una empresa y fracasa tiene una etiqueta de fracasado de por vida, y si antes de montar esa empresa que fracasó tenía cinco personas encima que le decían que se dedicase a algo más normal ahora tendrá a veinte que le dice que está loco y que se esté quieto, que trabaje para otro como todo el mundo y que se quede sentado, que para eso de ser empresario no vale.

Monta veinte empresas y estarás más cerca de triunfar y ser rico


Accidentes-en-la-piscina
Recuerdo que cuando era pequeño nos dejaban jugar, al finalizar las clases de natación, a un juego llamado Tiburón. En el juego, un tipo se la ligaba haciendo de este animal. El resto (unos quince nadadores) disponían de una colchoneta cuadrada de flotabilidad dudosa de unos tres metros de largo que podía sostener (si uno se estaba lo suficientemente quieto) a unos cinco niños encima. El juego no trataba sobre fuerza o destreza física (aunque alguno había que golpeaba el agua de tal modo esperando ganar). Se empezaba todos en la orilla, la colchoneta en uno de los lados de la piscina y con un minuto de ventaja con respecto al tiburón, que esperaba en el otro extremo de la piscina el momento de saltar. ¿En qué consistía el juego? En que el tiburón no te cogiese en el agua, momento en el que tenías que dar la vuelta a una columna del centro de la piscina (sí, había una enorme columna en el centro de la piscina de dos metros de diámetro) y te convertías en tiburón. ¡A cazar niños! El juego consistía en tirar a otros de la colchoneta más que de mantenerse arriba, quedando el último y ganando por ello a todos los demás. El resto había perdido. Me gustaba porque se me daba muy bien golpear a otros niños para que cayesen al agua. El mundo empresarial es en ocasiones similar. La colchoneta es el mercado (clientes y clientes potenciales). El tiburón es la ruina empresarial, y tus compañeros nadadores los competidores directos. No, no es lo ideal, ético u honrado tirar al resto de competidores a la ruina económica, pero es un método de ascenso muy eficaz. Si consigues hundir a parte de tu competencia haces lo mismo que al ganar clientes con métodos más honrados: ganar cuota de mercado. Lo sé, no es nada ético, pero dudar de la práctica resulta absurdo, como dudar de que el marketing fabrica o no necesidades. Lo cierto es que de la teoría empresarial a la aplicación práctica hay un trecho enorme. Vamos, como que no se parece en nada. Cuando tu competencia se pone en el local de al lado y baja los precios por debajo de los tuyos, el compañerismo, la ética y el valor de la honradez desaparece para dar paso a un tiroteo empresarial con todas las armas de que dispones, porque el cliente no suele querer dos productos de las mismas características, y desde luego no comprará uno más caro porque sí. La pregunta es: ¿Estás preparado para hacer que otro caiga? Recuerda que cada vez que compartes mi artículo me estás ayudando.

“Tiburón”, el juego en el que aprendes a hacer que otros pierdan



La expresión de éxito de mi yo interior...sin barba. Mi yo interior es un niño con barba 5
Quienes me conocéis de hace tiempo y en persona (lo siento) me habéis dicho ya en muchas ocasiones eso de “A ti seguro que te va bien…”. Mi familia, mis amigos, la enfermera que me regañará hoy por haber engordado (¡Hola, Isabel!), mis antiguos jefes, algún que otro tímido lector,… Luego no agregan ese tipo de comentarios que uno espera oír como: …con lo guapo que eres quién se te resiste. …eres tan listo que seguro que inventas algo y te haces millonario. …ahora que tienes los cincuenta millones de euros del euromillón. No. Ojalá pero no. La frase suele continuar con un “…porque no paras quieto.”. Y creo que lo dicen con toda sinceridad (porque estoy de acuerdo). Desde que hace ya tiempo me diese un trompazo empresarial serio puse las piernas mentales en marcha y, poco a poco, me he hecho: un hueco propio, un nombre, muchos conocidos, un blog, un libro, un nuevo look, más mayor. Vale, lo último igual no tiene mucho mérito, pero ya que poseo más daños qué menos que darles rentabilidad. He de decir que trabajar por nada no es nada fácil (modo víctima activado). Levantarse todos los días tratando de superar la idea loca del día anterior y sorprender al lector no es algo fácil. Reconozco que ahora no estoy trabajando y que el estudio facilita la escritura por el horario totalmente flexible, pero también es cierto que me dedico a invertir (y por tanto estar pendiente) en bolsa y a escribir/reescribir mi segundo libro mientras diseño la portada del anterior, maqueto, hablo/negocio con las editoriales, trabajo en el proyecto final del MBA, busco trabajo,…, y no me corto de hacer deporte o de salir. Siempre he estado bastante ocupado, y reconozco que las vacaciones más de cuatro días me incomodan. Pero mientras que ya hace tres iba a tontas y a locas por el mundo, todas (o casi todas) mis actividades tienen un rumbo fijo. Todo va encaminado a un par de objetivos finales en el plazo de veinte años (hay que ser previsor, joder): Objetivos cortoplacistas: Encontrar un trabajo que me agrade y con el que me mantenga (lo de ganar mucho dinero es totalmente secundario); Hacerme un nombre en Internet y en la calle; Conocer gente, hacer contactos y ganar experiencia. Objetivos a largo plazo: Vivir de los libros y de lo que gane en bolsa; Montar una empresa por placer y no por necesidad y poder decir que hay familias que pueden comer gracias a mi. De momento he de decir que todo se ha acelerado. Había calculado que vendería menos que quince libros, que nadie se suscribiría a mi boletín semanal, que muy pocos iban a demandarme la copia impresa del libro (que con suerte testeo el viernes), que nadie me conocería ni leería mi blog ni mi libro. Y me encuentro con que he vendido casi (casi, casi) cincuenta libros, que unas cuarenta personas leen a diario mi blog (y más del doble caen de manera […]

Enfocado al éxito


No vender para vender
Cuando abrí el blog me planteaba (y aún lo hago) monetizarlo de algún modo. Pero me he dado cuenta de que cada vez tengo más visitas, lectores y suscriptores por un motivo. No tengo publicidad. Por supuesto es por los contenidos, pero estos se ven fácilmente, sin enlaces que estorben. Sí, tengo un libro que estaré encantado de venderte, pero no es el objetivo de este blog. El objetivo es enseñarte algo diferente cada día. Por así decirlo soy un distribuidor de contenido, uno no autorizado, que no un vendedor de contenido. O, dicho de otro modo, vendo gratis. El caso es que regalo conocimiento y un modelo diferente de pensar, y eso vende. O atrae lo suficiente como para decir que tengo mi pequeña tribu. Gracias, tribu. Hablando con Carlos Bravo (gracias de nuevo por ese cable) me comentó lo que los seguidores de Quondos ya saben: los mejores emails son aquellos en los que se habla de casos de éxito empresarial y no se intenta vender nada. O vendes historias. Es el mejor modo de dar a conocer qué es lo que haces sin que te den con una puerta metafórica en la cabeza o que dejen de estar suscritos a tu boletín. Aportar (a ser posible sin coste) información útil. Para algunos, los seguidores de este blog, utilidad tiene que ver con intentar ver más allá de lo que se ve. Creo sinceramente que la mejor alternativa para vender es no intentar ser un vendedor, sino ayudar a las personas a lo que sea. Desde un blog de marketing a finanzas, uno para ahorrar poco a poco o alguno de carácter literario. Si abres una plataforma cuyo objetivo es recaudar euros es muy probable que no consigas casi nada. Yo, de momento, me conformo con que las ventas del libro consigan financiar este espacio (que tendrá un pequeño coste de mantenimiento). Y hasta ahora lo he conseguido, gracias a vosotros, lectores Y tú, ¿qué no-vendes para vender más?

A veces no vender nada vende mucho



El lanzamiento de la runa empresarial 4
En la serie Futurama aparecen un par de escenas curiosas. En la primera de ellas tres “analistas financieros” lanzan runas para ver cómo se comportará el mercado. Una segunda escena muestra a un ordenador responsable de elegir el contenido de una determinada cadena lanzar unos dados para seleccionar la programación. Futurama es una serie de ficción que se desarrolla en los inicios del tercer milenio, a 1000 años de distancia de ahora. Debido a la destrucción de la civilización un par de veces por el camino, el futuro se parece bastante a nuestro presente, con la salvedad de la capacidad de viajar por el universo en naves, tener robots (de los de verdad, no como el robot de cocina) y poseer coches flotantes. Todo lo demás es bastante parecido: son sucios, nadie escucha a los científicos, los políticos no hacen bien su trabajo y Nixon sigue dando por el c*** 1000 años después. Pero sobre lo que quería hablaros es el método que se tiene para elegir inversiones futuras: el azar. Cualquier otro sistema que no sea el azar será descartado por absurdo y poco fiable. Por supuesto es una gran broma: dentro de 10 años existirán métodos para analizar la información que ahora ni nos planteamos. No obstante no deja de ser un hecho que de lo estático pasamos a lo dinámico, de ahí a lo turbulento, de la turbulencia a la inestabilidad y de ahí a lo que desde nuestro ahora se podría llamar caos absoluto. Imagino que hace cien años mirarían hacia nosotros y dirían algo como: “Es imposible que puedan organizarse a nivel mundial, será un caos.”. Y míranos, tenían razón. Dentro de 1.000 años va a ser un momento divertido de la historia. Lástima no poder estar allí para hacer alguna foto. Y tú, ¿qué técnicas predictivas crees que funcionarán en el futuro?

El lanzamiento de la runa empresarial


Lo que costaba y lo que cuesta (en euros y malestar) 2
Durante las décadas de los 80 y 90 y, gracias sobretodo a la tecnología y a la automatización, la curva de lo que cuesta hacer un trabajo ha ido a menos: con los mismos recursos podemos realizar más tareas. A su vez, el precio que se ha solicitado a cambio de un trabajo ha ido bajando un poco más rápido: cada vez el beneficio es menor. ¿Quién no ha oído expresiones del estilo “margenes ajustados”? Pues cada vez están más ajustados en el mundo empresarial, eso es algo visible a simple vista en el mercado. Lo divertido aparece tras 2008 (aproximado), momento en el que ya no hay tanto flujo económico y los contratos se vuelven terríblemente competitivos. Vamos a suponer, por suponer, el estado de un hospital público y ficticio “Hospitalito”. Se trata, como todos, de un hospital con un cierto número de camas y cierto número de quirófanos, con personal administrativo y sanitario, además del necesario para su mantenimiento y buen funcionamiento. Pondré números redondos para visualizar el problema. Imaginad que el hospital necesita 10.000.000 euros para funcionar bien en el nivel de mantenimiento (filtros, limpieza, obra interior, remodelaciones, acondicionado de salas, nueva maquinaria, calefacción,… Es decir, para que la gente sea atendida del modo en que debe. Para ello sale a concurso la oferta pública de la gestión privada del hospital. Antes de 2008 las empresas concesionarias (las que se quedaban con la gestión del hospital) podían llegar a demandar 12 ó 13 millones de euros por mantenerlo activo. Y la administración no tenía problemas en dárselo, por lo que de la diferencia obtenían el beneficio. El problema empieza en 2008. La administración no puede seguir pagando 12 o 13 millones por el hospital de ese número de camas, y saca a concurso por 10.500.000 euros una oferta laboral. En este concurso participan las misma decena de empresas que en los concursos anteriores, pero ahora se subasta al menor precio incluso por debajo del dinero que realmente hace falta para dejar el hospital en condiciones de funcionamiento. De modo que la empresa ficticia “Omega” acaba cobrando 8.000.000 euros por el mantenimiento del hospital “Hospitalito” Por supuesto es una empresa y necesita rentabilizar su dinero, de modo que de esos 8 millones llegan 7 útiles o efectivos al mantenimiento del hospital. Y el hospital comienza a deteriorarse. Durante los primeros años no se aprecia mucha diferencia: hay despidos en mantenimiento pero los costes siguen siendo asumibles porque las reparaciones son baratas y se va ahorrando de todo lo que se puede. Pero poco a poco se estropean puntos críticos del hospital: una caldera, la bajada de aguas principal, un quirófano ha de ser restaurado,…Se juega entonces a los platillos chinos con cada vez menos personas y recursos. Y los platillos comienzan a caer. La falta de presupuesto deja a mantenimiento boqueando en el suelo por más recursos, y se empiezan a realizar ñapas en vez de reparaciones, se compra lo barato para salir del paso y se trabaja […]

“Por debajo de la necesidad” o “El ABC de perder un buen servicio”



adhesivo decorativo rostro manga 2
Los servicios, tanto en oficinas como en centros comerciales y áreas públicas, tienen una presión menor que la de fuera del servicio. Esto ocurre para que, dicho de un modo rápido, no huela a mierda fuera. Es decir, trabajan a infrapresión. O, dicho, de otro modo, sobre ellos se ejerce una sobrepresión para que el olor a caca no salga de un determinado recinto. Realicemos la siguiente analogía: El extractor es el flujo de trabajo entregado a cliente (producto o servicio). La diferencia de presiones es lo que te queda por hacer. Si el aire dentro del servicio tiene menos presión que el exterior, el de fuera (tareas pendientes en cola) entrará. El trabajo entrante es ese aire a mayor presión. Yo soy partidario de que el trabajo que se te pide sea un 10% mayor del que puedas realizar a lo largo del día. Si cada día consigues hacer 10 unidades de lo que sea que hagas, que se te pidan 11. La respuesta estándar es: “Jo. ¿Por qué me haces trabajar?” El sistema colapsado Con eso de un aumento del 10% no quiero decir que se deba subir a un 20% o a un 70%, que lo he llegado a ver en algunos trabajos, sino mantener el trabajo en cola siempre un poco más allá del horizonte posible. Si aumentamos la carga de trabajo demasiado nos encontraremos con una oficina incapaz de dar respuesta, bloqueada y poco eficiente. El sistema degenerativo Imaginad que es al contrario, que se pide al trabajador que con que llegue al 99% del trabajo nominal es suficiente. Cuando lo haya hecho durante un mes la normalidad habrá bajado un pequeño porcentaje, y continuará haciéndolo poco a poco. Al año toda la oficina se estará preguntando qué fue mal y echándose las manos a la cabeza. Lo que fue mal es que el aire de fuera tiene menos presión que el de dentro (la carga de trabajo es inferior a la capacidad de trabajo) y los pasillos huelen a mierda según el Teorema de Cerezo-Martínez. El sistema con sobrepresión leve Sin embargo una sobrepresión positiva leve hará que la capacidad de trabajo siempre sea igual al trabajo desarrollado, y, en ocasiones, que aumente gracias al I+D o al descubrimiento accidental de un método alternativo y más eficaz. Piensa que exigir siempre un poco más es el único modo de crecer y desarrollarse, de no caer en la mediocridad de conformarse con lo que se tiene. De modo que aprende de los diseñadores de sistemas de aire y no hagas que huela mal por los pasillos. Y tú, ¿aplicas esto o te dejas caer hacia la pereza?

Sobrepresión, o La técnica del váter


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Supongo que todos los que me leéis habéis tenido en algún momento de vuestra vida un jefe-gritón. Es posible que vosotros mismos seáis jefes-gritones. Esto no es malo per sé, hay quien necesita que le griten para trabajar de un modo competente. Y hoy en día, aunque las escuelas de negocio no instruyen a muchos de estos individuos, gran parte de la población de jefes activos pertenecen al subgénero jefe-gritón. Puede ser la persona más maravillosa del mundo o no darse cuenta de sus defectos, pero grita. Es su modo de defenderse, de comunicarse y de mandar. Y esto ocurre. Ocurre constantemente. Ocurre tanto que hay quien coge el teléfono a una distancia prudencial de veinte centímetros (de los de verdad) para que tu cerebro no se convierta en zumo de cerebro. Y es que gritar libera, sobretodo si gritas con motivo. ¿Quién no ha pasado por estar realizando un trabajo en el ordenador y que se vaya la luz y perder todo? Creo que nos ha pasado a todos. Por supuesto en vez de comportarnos como personas civilizadas antes pasamos por insultar, espolear, e incluso maltratar al ordenador. Después de todo el ordenador ha sido malo y toda la culpa es suya, ¿no? Pues no. Programa un guardado automático. Lo que en realidad más nos jode molesta en una situación similar es que no hay otro que nosotros mismos a quien echar la bronca. La culpa es nuestra, y gritarse a uno mismo es un procedimiento difícil. Este es el problema de muchos autónomos. “Yo me lo guiso, yo me lo como” es una fórmula genial siempre y cuando seas un poco manitas y puedas apañarte con todo al menos a nivel básico. Pero cuando llegan temas peliagudos de contabilidad y ofimática que nos superan hacemos verdaderas ñapas, éstas dan problemas y en menos de un mes los problemas nos pasan factura (generalmente de un modo económico). Esto, por ejemplo, no lo suelen tener las personas que subcontratan los servicios. Por poneros un ejemplo este dominio está contratado por la misma empresa de hospedaje. Es decir, que tanto el nombre de la web como el dónde está guardado me lo ha llevado la misma gente. Llamémosles X. El primer día de subida del blog, y durante casi dos horas, mi blog estuvo inactivo e inaccesible. ¿Cómo se soluciona el mal servicio de una subcontrata? “Gritando” Por favor, entendedme, no tienes por qué gritar de mal humor ni faltando al respeto. Pero la fórmula me ha funcionado para todo en lo que he tenido razón. Aquí en España parece que si no gritas no te escuchan. Dos minutos después de la llamada a la Empresa X tenía mi hospedaje en una bandeja prioritaria (gratis, claro) que no se ha caído ni una sola vez en meses salvo labores de mantenimiento programadas y acordadas antes. Y por supuesto puedes gritar/echar la bronca porque pagas un dinero por unas condiciones que no se cumplen a través de algún contrato. O bien tienes […]

La tranquilidad (pagada) de tener a quien gritar



Masa crítica
Hace unos días Carlos Bravo escribía un genial artículo sobre la masa crítica en el marketing y no pude evitar comentar con un par de párrafos que han dado lugar al artículo de hoy. En el artículo se comentaba cómo llegar a una masa crítica, qué era, y de qué factores básicos depende. Yo contesté, por supuesto desde mi peculiar punto de vista, cómo visualizaba yo la idea de masa crítica. Para empezar comentaré que el concepto de masa crítica viene de las bombas nucleares, y es “la cantidad mínima de material necesaria para que se mantenga una reacción nuclear en cadena”. Es decir, que si le quitas un gramo no conseguirás una reacción en cadena sino una explosión muy muy grande. La siguiente vez que oí el concepto fue en un foro sobre la teoría de superposición de ondas. Explicaban que si lanzas una piedra grande a un estanque conseguirás una salpicadura grande, una onda por la superficie, y ya. No obstante, si lanzas con espacio de unos segundos un montón de piedras pequeñas eres capaz de crear olas gigantes por efecto de superposición de ondas en el agua. En este caso la masa crítica era en realidad un flujo másico de materia enviada al estanque, y se parece mucho más a cómo actúan los clientes: llegan, compran, hablan del producto, se van, llega otro,… Pero fue la última vez que lo escuché cuando se me ocurrió la idea de que la masa crítica puede en realidad decrecer con el tiempo siendo efectiva. Vino por parte de una concentración ciclista llamada así, Masa Crítica. Según su teoría, si se juntan las suficientes bicis en una misma calzada o una misma zona será imposible transitar en coche. Pensé, no sé muy bien por qué, en lo que se daba en la antigüedad para mover una piedra de varias toneladas. Si una persona se pone a tirar de ella no conseguirá moverla nada en absoluto. La piedra, para moverse, necesita vencer la fuerza de rozamiento contra el suelo, y una sola persona no puede con esa fuerza. Sin embargo puedes ir sumando gente que tire de uno en uno y la piedra no se moverá ni un ápice hasta que llegue al número preciso de tiradores. En ese momento la piedra comenzará a moverse de un modo lento e irá acelerando poco a poco hasta alcanzar una velocidad máxima. Lo curioso de este ejemplo es que aunque varios tiradores dejen de tirar de la piedra, los restantes podrán seguir moviéndola debido a la inercia ganada. Este ejemplo es extrapolable al mundo empresarial, donde creas una empresa sin clientes, poco a poco vas ganando unos cuantos, y llega un momento en que perder a uno o dos no supone un problema debido a la inercia ganada de antemano.

La piedra que se mueve si dejas de empujarla y la masa crítica empresarial


Trabajo en equipo
Cuando era pequeño y en educación física había que jugar al fútbol (en realidad es una de las pocas actividades que recuerdo) los capitanes de los equipos iban eligiendo a los jugadores por turnos. Y yo conseguía ser siempre el último en ser elegido. ¿Por qué? En realidad no se trataba de que fuese lento o me hubiese convertido en una máquina de grasa (las máquinas de grasa eran elegidas incluso por delante de mi). A mi me han gustado siempre los deportes personales que exigen una superación por ti mismo como la escalada, la bicicleta o el sky (ahora lejos de mis posibilidades económicas). De modo que cuando me obligaban a jugar con alguien, sobretodo a juegos donde un jugador puede quitarte TU pelota y ni siquiera poder tirarle al suelo o placarle mi comportamiento distaba mucho de ser cooperativo. A esto hay que sumarle que en mi colegio la actividad del profesor/a de educación física era básicamente lanzarnos un balón y pasar del tema, motivo que me obligó a ponerme de huelga un trimestre (y a suspender, claro). Pero eso es otra historia. El problema es que cuando entras en una empresa lo haces porque quieres, no se trata de una actividad obligada de un curso impartido a la fuerza. Sí, ya sé que a veces las circunstancias nos obligan a coger cualquier puesto de trabajo, pero nadie nos obliga a ello. ¿A dónde quiero ir con todo esto? Por supuesto no a incumplir el horario trabajando diez horas diarias. Tampoco a trabajar en un puesto inapropiado o denigrante, sino, simplemente (pero poco extendido) a ayudar a tus compañeros. A tu equipo. ¿Cuántas veces te ha echado un cable la persona que tenías al lado? He visto organizaciones cuyo control desde arriba era tal y la fijación de objetivos tan absurda que aunque alguien hubiese terminado su trabajo le compensaba quedarse de brazos cruzados mientras su compañero de al lado se veía obligado a echar tres o cuatro horas extra. O sistemas de atribución de categorías tales que no todo el mundo puede ver lo mismo en su ordenador, de modo que aunque te quieran ayudar no pueden hacerlo porque les es imposible. Pero el verdadero problema es que he visto empresas funcionar perfectamente y a personas sin hacer nada de todos modos. Personas que no serán elegidas para jugar el siguiente partido. Lo que está claro es que si pensamos en todas las dimensiones debemos mirar a los lados, pensar lateralmente, y participar de las actividades que estén más lejos de nuestro bote de lápices para que la empresa funcione como debe. Y tú, ¿qué tipo de trabajador eres? ¿Cooperativo o prefieres trabajar por tu cuenta?

“Yo soy mi puesto”, o cómo conseguir que no te elijan para jugar