papel


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A todos nos ha ocurrido (o bien a un amigo) que una vez depositadas las mariposas resulta que no hay con qué remover el excedente del proceso que a menudo queda en la boca de la tubería de salida. Es en ese momento en el que una poderosa sensación de vergüenza se apodera de nosotros, y con una vocecilla que roza el llanto proferimos el alarido lastimoso: “Papeeeeeel”. Existen una innumerable cantidad de situaciones en las que hay que mirar bien dónde se sienta uno o, de manera más genérica, dónde pone el culo. Son ejemplo de señales de alarma un banco vacío en una plaza abarrotada, una plaza laboral que nadie parece querer ocupar o ese trabajillo de nada que un colega necesita hacer en su parcela (y que a ver si le echas un cable). Y esto no vale solo para sentarse en la taza de váter, sino también en el autobús, en un trabajo, en una acera o en mitad del bosque. Como sabéis los que me conozcáis de un tiempo a esta parte soy un fanático del estar preparado. Soy ese tipo de personas que siempre lleva un boli, pañuelos de papel, un cuaderno donde escribir, el teléfono cargado, el ticket del metro aunque no vaya a moverme en ese vehículo, varias tarjetas, crema, lentillas de repuesto, auriculares, etc. Por supuesto siempre ando con un bolsón o una mochila enorme a cuestas, pero es el precio que pago porque no haya imprevistos que me arruinen el día. Soy consciente que en ocasiones resulta imposible prever todas las eventualidades (en especial las que vienen a modo de apretón) y que los errores se cometen porque no es posible adelantarse a su aparición. No obstante el análisis de la situación en frío durante unos segundos (en la mayoría de casos basta con unos segundos) nos dirá si debemos entrar al proyecto o si necesitamos algo más de preparación. En una de mis últimas entrevistas de trabajo estuve cinco minutos. Por supuesto las condiciones eran tan abusivas de cara al trabajador (el dinero se adelantaba por parte del trabajador y lo de cobrar era según si habías trabajado bien para ellos o no), pero aunque no me hubiese encontrado con un contrato tan lamentable aún así no hubiese entrado a participar en esa empresa. Solo estuve un par de minutos en sus oficinas, pero me pude dar cuenta de lo siguiente: Había tres personas llamando por teléfono solo para captar trabajadores, y no parecían de recursos humanos. Una empresa que realiza tantos contratos o bien piensa crecer o la tasa de renovación es astronómica. En este caso, lo segundo. De unos veinte puestos con ordenadores solo dos estaban ocupados un miércoles a eso de las doce del mediodía. Se nos había citado a ocho personas, en un plazo de media hora, para la oferta laboral. Ninguno de los que nos atendieron tenía más de veinte años. Se trata de pequeñas señales de alerta que te gritan “¡Sal de ahí ahora […]

“Que haya papel”, y otras estrategias a seguir antes de sentarte